Otra vez D. Quijote PII - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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Otra vez D. Quijote PII

Condensados

Otra vez D. Quijote
PII


Por: Agustín Albarrán

Uno de los personajes importantes y, por tanto, notables que figuran en la imperecedera novela de caballerías llamada "El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha", engendrado por la fértil imaginación del inmortal Cide Hamete Benengeli es el imprescindible: Sancho Panza
Para el estudio de una persona, cuyo existir nadie pone en tela de juicio, se requiere el auxilio de la historia, de la erudición, de la crítica y hasta de la intuición; sin embargo, suele ocurrir que al final de tal empeño, a pesar de tan útiles colaboradores, no se esté satisfecho. Considérese cuánta será la inquietud que dominará al que intente precisar el contenido real de un sujeto que, como Sancho, recreado (no creado) por la fecunda fantasía de uno de los más brillantes prosistas, de todos los tiempos en lengua española.
Sancho hace su entrada triunfal en la novela, en el capítulo VII, de la primera parte del perdurable libro, cuando el famoso hidalgo, Don Alfonso Quejana, Quijana o Quesada -que por todos estos apellidos se le conoció- hubo logrado convencer a un labrador, vecino suyo, acerca de todos los beneficios que habría de alcanzar acomodándose a su servicio, en calidad de escudero para las andanzas que reanudaría como campeón del bien, de la justicia y de la virtud. Así se llega al conocimiento de este labriego -Sancho Panza-, cuyo nombre quedó destinado, al par que el de su amo y señor, a vivir en la inmortalidad.
Cervantes lo presenta como "hombre de bien aunque de poca sal en la mollera". No obstante, muy pronto habrá de atenuar este juicio y hasta desdecirse, ya que hablará de los donaires y agudezas del fiel compañero del Rucio, del que tuvo por inspiración de su conducta la filosofía llamada vulgar que se halla en el refranero español.
Hay críticos literarios que afirman que Don Quijote, que vive en el siglo XVII, es un caballero del XIII (no obstante su locura), por el pensamiento que domina y que rige su manera de ser, es decir, su conducta. Conforme con la organización social de la época -Edad Media- hubo tres categorías en casi todas las actividades cotidianas; por tanto, el caballero se hizo acompañar por el escudero, y hasta por un paje, en determinadas circunstancias. Es más, la privilegiada posición que ocupara el caballero sólo se alcanzaba después de recorrer los dos grados inferiores.
Conviene señalar que Don Quijote, en su demencia, se acomodó a la caballería histórica y no a la épica, donde la figura escuderil resultó obscurecida y hasta anulada. Interpretado en sus formas más simples, suele decirse de las dos figuras centrales del gran libro, que uno, el caballero, representa el idealismo, mientras el otro, el escudero, simboliza el realismo.
Es menester atribuir la función de Sancho a lograr atajar toda aventura del caballero, haciéndola de imposible realización.
Aunque no se debe considerar a Sancho aisladamente, porque no se alcanzará una clara percepción de él, si no se examina en su coexistencia con cuanto le rodea y, si se desea averiguar por qué fue colocado allí, es menester no impulsarse por la pendiente resbaladiza del libro. Hay en Sancho una esencia y presencia reales; constituye la representación de un tipo de individuos con los que solemos topar a cada paso; por eso es tan ajeno a la consideración de un mito, que sólo corresponde a un mundo distinto al nuestro, a un personaje único.
Por eso, Sancho se halla inserto en la novela, género que huye de lo arcaico para sumergirse en lo cotidiano. Don Quijote milita en el bando de los que rigen su propia vida por una perpetua meditación, porque todo para todo los anima la actividad de sus ideas. Sancho se halla en el lado opuesto, pertenece a la categoría de los sensoriales, para los que lo vegetativo constituye la única razón de ser. Para quienes pongan en entredicho la existencia real de Sancho, conviene recordar aquellas palabras de Don Quijote a Don Diego de Miranda, dudoso de la veracidad de los libros de caballerías: "Hay mucho que decir, en razón de si son fingidas o no las historias de los andantes caballeros".
Esta realidad de Sancho la describe el mismo Cervantes al comentar, por boca del Vicario, los libros de caballerías: "...tanto la mentira es mejor cuanto más parece verdadera, y tanto más agrada cuanto tiene más de dudosa y posible. Hanse de cansar las fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren, escribiéndose de suerte que, facilitando los imposibles..., anden a un mismo paso la admiración y la alegría juntas..."
En el "Elogio de la locura", dice Erasmo: "La realidad de las cosas... depende sólo de la opinión. Todo en la vida es tan obscuro, tan opuesto, tan diverso que no podemos asegurarnos de ninguna verdad..."
La vida del labrador Sancho corresponde a los tiempos de los Asturias de España. Si es cierto que el campesino español había alcanzado vida próspera durante la Edad Media, también es verdad que vino después a menos.
Sancho Panza, tan práctico y realista, acepta también las malas artes de moros invisibles y la existencia de encantadores, enemigos de su amo, para estar a tono con él. ¿Cuál es su aspecto físico? En el capítulo IX de la primera parte de la obra (que ha sido traducida a más lenguas que la Biblia), según una lámina que encontró Cervantes entre los cartapacios de Cide Hamete Benengeli, de donde tomó la historia (verdadera, como todas) que narra en su espléndida novela, se encuentran no más de tres rasgos; muy parcos, pero que son fundamentales para el propósito: "la barriga grande, el talle corto y las zancas largas, y por esto se debió poner al nombre de Panza y de Zancas... que de uno y de otro modo le llama algunas veces la historia."
En otra parte, describe sus barbas: "espesas, aborrascadas y mal puestas"; más adelante, en el episodio de los batanes, advierte de modo incidental, que "lo acompañaban unas posaderas que no eran muy pequeñas". Debe tratarse de algo trascendental, porque el encantador Merlín, cuando aparece en casa de los Duques e impone a Sancho la condición de los azotes, como medio de desencantar a Dulcinea, señala que han de dárselos en sus "valientes posaderas".
Es fama de Sancho su afición a los refranes que es una de sus características más sobresalientes. Tampoco tuvo una creación de Cervantes, en este aspecto, porque el lenguaje hablado o escrito de los siglos XVI y XVII se hallaba matizado de refranes; por ello, Sancho es un hombre de su tiempo y de su medio.
Aludiendo al fracaso de la aventura de los batanes, dice Don Quijote: "Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sacados de la misma experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice: "donde una puerta se cierra, otra se abre". El primer refrán que enuncia Sancho, aparece en la primera parte del capítulo XIX: "Váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la holganza".
En cierta ocasión, recibe Sancho una reprimenda de su señor por ese hábito de ensartar refranes: "Muchas veces los traes de los cabellos, que más parecen disparates que sentencias". A lo que el escudero replicó: "Eso Dios lo puede remediar porque sé más refranes que un libro, y viénense tan juntos, que riñen por salir unos con otros; pero la lengua va arrojando los primeros que encuentra, aunque no vengan a pelo. Mas yo tendré de aquí adelante cuidado de decir los que convengan a la gravedad de mi cargo, que en "casa llena pronto se guisa la cena, y quien destaja no baraja, y a buen salvo está el que replica, y el dar y el tener, seso ha menester..."
Si se desea examinar el carácter de este personaje, se encontrarán raros contrastes. En una ocasión, él mismo se describe: "bien es verdad que soy algo malicioso, y que tengo mis ciertos asomos de bellaco; pero todo ello cubre y tapa la gran capa de la simpleza mía, siempre natural y nunca artificial". Y completa la descripción cuando se compara con el falso Sancho, el de Avellaneda: "debe ser algún grandísimo bellaco, frío y ladrón justamente; que el verdadero Sancho soy yo, que tengo más gracias que lluvias..."
Se dispone a abandonar a los suyos porque el caballero le prometió -entre otros provechos, que ganarían en las aventuras que podrían ocurrirles- el gobierno de una ínsula; como no confía mucho en obtenerla, piensa en el salario que ha de ganar todo escudero; y lo reclama a Don Quijote; pero ante la negativa de éste, porque la ley de caballerías no habla de tal proceder y porque, en definitiva, prescindirá de sus servicios, Sancho reacciona y se decide a partir a la aventura, sin previa asignación de haberes, entre otras razones (tras la cita de numerosos refranes) por agradecido, por la buena fama de su apellido y acaso, como tantas veces ha dicho, por buen cristiano viejo.
El encuentro con los Duques da un indujo notable al personaje que de segundón, hasta entonces, va a convertirse en principal. Ahora se desborda en malicia y sus saetas suelen dirigirse contra el Caballero de la Triste Figura, lo que no mengua su admiración por él, sobre todo ante los demás. En alguna ocasión expresa: "He oído decir en estas tierras (las del Duque) que es un loco cuerdo y un mentecato gracioso"; pero se atenúa esta irreverencia cuando agrega: "y que yo no le voy a la zaga".
Pero siempre surgen los términos contradictorios: escribe (recuerden que no sabía escribir) a Teresa, su mujer, y le anuncia la próxima toma de posesión de "su ínsula", a donde voy con grandísimo deseo de hacer dinero, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con ese mesmo deseo". Sin embargo, ha de juzgarse a los hombres por los hechos y no por las palabras: Sancho resultó espejo de gobernadores. Diez y siete días duró aquel gobierno, que él supo administrar sabiamente. Cuando se manifestó la primera "camarilla", se vistió en silencio, bajó a la cuadra, equipó al Rucio; apenas pidió para alimentarse durante el viaje y regresó al castillo de los Duques, vuelto escudero, para unirse al amo. ¿Hubo algún juicio de residencia? Era innecesario: Sale desnudo de blanca, muerto de hambre y descoloriado, como entró al gobierno; pero triste, apesadumbrado, arrepentido de sus viejas aspiraciones y convencido de la maldad de muchos hombres.
En la lucha entre el realismo y el idealismo perduran los valores de eterna vigencia; en el individuo, como en la sociedad, puede alcanzarse el triunfo de lo material, triunfo sólo efímero, ya que con la posesión se extinguen las ansias de lograrlo. El idealismo, por su parte, vive inextinguible: las adversidades lo acrecientan en vez de agotarlo; la realidad, a su contacto, realiza el milagro de la madre tierra con lo Divino. Y, cuando se alcanza un ideal, el espíritu crea otro, de más amplios y mejores horizontes. Don divino que nos otorgó el Creador, dándonos fuerza, entusiasmo, inteligencia y arrogancia para buscar lo perdurable.
Aunque nunca es tarde si la dicha llega, es aconsejable tener presentes y repetir las palabras del sapientísimo escudero: "Al buen callar llaman Sancho, y no digo más... "

Continuará…




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