Otra vez D. Quijote PI - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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Otra vez D. Quijote PI

Condensados

Otra vez D. Quijote


Por: Agustín Albarrán



Como consecuencia de las "Memorias de mi paso por el Colegio Hebreo Sefaradí", publicadas en "Foro" me llamaron, por teléfono, algunos de mis exalumnos (telefonemas que me llenaron de emoción), para sugerir que en la Revista repita los "PERFILES" de algunos de los personajes que aparecen en D. Quijote, tal y como lo hacía en mis clases de Literatura Española e Hispanoamericana en el tercer grado de secundaria y en el cuarto o primero de preparatoria y de Literatura Mexicana en sexto o tercero de ese ciclo.
Con gusto acepto la proposición, esperando no defraudar, ahora, a los proponentes, y que estas notas lleguen a interesar a algunos de los lectores de "Foro".
No obstante que el "Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha", compuesto por el preclaro D. Miguel de Cervantes Saavedra, ha sido leído, estudiado, analizado, glosado, comentado tantas ocasiones por hombres y mujeres de letras, es osadía, de mi parte, reincidir en el tema. Por tanto, armado de modestia, inicio estas descripciones con:



Dulcinea



Es sabido que leyendo libros de caballerías para cuya adquisición el bueno de Alonso Quijano mermó su no crecida hacienda, el hidalgo manchego perdió el juicio, y, las que durante su cordura habían sido cualidades sobresalientes y enaltecedoras, se convirtieron en la paranoica y persistente manía de profesar la Orden de Caballería que habían ilustrado Amadís, Esplandián, Felixmarte y toda la familia de andantes caballeros.
Tomada su resolución noble y absurda, limpia las armas, construida, sin segunda prueba, la celada de encaje; bautizado su jamelgo con el orgulloso nombre de Rocinante, sólo restaba al protagonista una dama en quien cifrar sus pensamientos y a la cual habría de ofrecer los despojos de sus nunca vistas hazañas. Fijó sus ojos y propensión en la rústica aldeana Aldonza Lorenzo, moza de buen ver, moradora del Toboso y, barda de por medio, vecina de él, a la cual, para darle denominación adecuada a su nuevo estado, llamó Dulcinea, debido a la cantarina voz que escuchaba cuando ella entonaba las romanzas de la época, nombre que completó con el genitivo de su residencia, formando así el que él reputó de musical y peregrino: Dulcinea del Toboso.
Si bien al presentarla, no precisamente en escena, sino entre los bastidores de la locura singular que convirtió a Quijano en D. Quijote, dice el manco genial que su héroe "anduvo un tiempo enamorado de Aldonza, aunque según se entiende ella jamás lo supo ni se dio cuenta de ello", más adelante, cuando refiere el diálogo que hubo entre Sancho y D. Quijote, al decidir, éste, imitar la penitencia de Belenebros, dice el Caballero de la Triste Figura:
"Y hará poco al caso que vaya de mano ajena (la firma de la carta que ha de entregarle Sancho)

porque, a lo que yo me sé acordar, Dulcinea no sabe leer ni escribir, y en toda su vida ha visto letra ni carta mía, porque mis amores y los suyos han sido siempre platónicos sin extenderse a más que un honesto mirar, y aún esto tan de cuando en cuando, que osaré jurar con verdad en doce años que ha que la quiero más que a la lumbre de estos ojos que se ha de comer la tierra, no la he visto cuatro veces, y aún podrá ser que destas cuatro veces no hubiese ella echado de ver la una que la miraba."
Hay noticia que D. Quijote se enteró que Aldonza asistía, los domingos, a misa de once en la iglesia del lugar; así que sin pensarlo más, decidió estar presente en cuanta ocasión pudiera. Se apostaba en el atrio antes de la última llamada; la veía pasar; acto seguido, se colocaba a prudente distancia, oblicuamente, donde le fuera posible estarla mirando; ella sentía la fuerza del inquirimiento de que era objeto y, como consecuencia, volvía la cabeza hacia el causante de esa sensación. D. Quijote, al encontrarse con los ojos de Aldonza, bajaba inmediatamente la vista, turbado y un poco avergonzado. Terminaba la misa; aprisa salía, de los primeros; el hidalgo, se situaba en el punto donde pudiera ver a su amada y, al toparse con su mirada, desviaba apresuradamente la vista para no encontrarse con los ojos de ella; la seguía a una prudente distancia hasta que entraba en su casa. Con ello, pasaba el resto del domingo tranquilo, satisfecho.
Que el noble hidalgo no comunicara a Aldonza su admiración podría achacarse a la timidez sexual propia de los idealistas siempre medrosos de profanar su ensueño con la realidad grotesca de entonces.
Al comparar la descripción física de Aldonza con el ideal de Dulcinea que el autor por boca de Sancho y de D. Quijote, respectivamente, se verá cómo la segunda no encuentra base en la primera, ni existe entre ambas relación alguna.

Cuando Sancho descubre la identidad física de Dulcinea, dice: "Bien la conozco y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive el dador que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho… …¡Qué rejo tiene y qué voz!";... y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana, con todos se burla y de todo hace mueca y donaire". Y añade que querría verla pues, "debe de estar ya trocada porque gasta mucho la faz de las mujeres andar siempre al campo, al sol y al aire". Y la anotación que D. Miguel de Cervantes, en el Capítulo IX de la primera parte, supone escrita al margen de la obra de Cide Hameto Benengeli, dice así: "Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puertos que otra mujer de toda la Mancha".

Frente a este retrato se encuentra el que D. Quijote hace a Vivaldo en el Capítulo XIII de la primera parte: "Su nombre es Dulcinea; su patria el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad por lo menos ha de ser de princesa, pues es reina y señora mía; su hermosura sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas; que sus cabellos son oro; su frente campos elíseos; sus cejas arcos de cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, que sola la discreta consi-
deración podrá encarecerlas y no compararlas.
D. Quijote, a pesar de su locura, estaba íntimamente convencido de lo voluntario de su creación, aunque se negara a confesarlo llanamente. Por ello, no me parece enigmático, contra la opinión de algunos críticos, este pasaje de la segunda parte de la obra, en el cual el ingenioso hidalgo se defiende, con evasivas, contra la imputación que le hace la Duquesa de haber engendrado a Dulcinea en sus entendimientos: "En eso hay mucho que decir, respondió D. Quijote, Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y esas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a mi señora, pues que la contemplo, como conviene que sea, una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son: hermosura sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien creada; y finalmente alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con más grados de perfección que en las hermosas humildemente nacidas."
El ingenioso hidalgo, la invoca en sus primeras aventuras porque así lo hacían los caballeros andantes; y al recogerse en su retiro del ocaso del sol cuya luz alumbró la aventura de los molinos de viento, refiere el autor: "Toda aquella noche no durmió D. Quijote pensando en su señora Dulcinea, por acomodarse a lo que había leído en sus libros cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados entretenidos en las memorias de sus señoras."



A medida que en el loco sublime nace y se perfila, crece y se agiganta hasta envolverlo, la figura de Dulcinea va llenando, también, la novela, hasta hacerse familiar al lector. Sin ser un personaje, en el sentido literal de la palabra, ya que no aparece, ni habla, ni actúa, acaba por constituir una de las figuras centrales, y por formar con Sancho y D. Quijote un tríptico indestructible y eterno. Se ha dicho que Dulcinea sólo podía ser amada y comprendida por D. Quijote. Sin embargo, no considero erróneo afirmar que el ingenioso hidalgo tuvo un rival tan enamorado como él de Dulcinea; y que este rival se llamaba Miguel de Cervantes Saavedra. El Manco de Lepanto era hombre y como tal había de mostrar preferencia, entre sus creaciones inmortales, por la fémina.
En suma, ¿qué representa Dulcinea? La respuesta parece fluir fácilmente de los labios, sin otra excitación por la pregunta misma. No obstante, ha habido contestaciones sorprendentes por lo inesperadas, sutiles y obtusas. La Gloria, han afirmado algunos. La Patria, España, han resuelto otros... Hemos visto cómo Aldonza Lorenzo fue en realidad el núcleo en cuyo rededor el caballero andante tejió la urdimbre de un falso amor de profesional conveniencia; y cómo aquella ficción ideal fue tomando forma de ensueño, vistiéndose de quimera y calzándose de fantasía, hasta coronarse de ilusión. Para mí, D. Quijote representa no a la parte idealista de la Humanidad, sino a la Humanidad, toda, en cuanto tiene de idealista. Dulcinea, su soberano engendro, simboliza el ideal y el anhelo amoroso que en cada uno de nosotros duerme un sueño menos profundo, mientras más alta sea su calidad espiritual. La Dulcinea del Quijote, la de Cervantes es la que siempre se alberga en todo pecho masculino que sirva de fanal a un corazón palpitante.

Es de gente bien nacida dar gracias a la timidez erótica del Caballero de la Triste Figura por no haberse atrevido a declarar su amor a Dulcinea; ésta, con seguridad, lo hubiera aceptado y casado con él, habrían procreado algunos hijos a los que el padre consentiría, y sentado en su cómodo sillón pasaría la vida plácidamente, mientras nosotros nos habríamos privado de sus extraordinarias aventuras...

Continuará...









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