Negativos Comprometedores - Intelecto Hebreo

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28/06/2017
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Negativos Comprometedores

Etapa Electónica 2
Negativos Comprometedores
 
Por: Jacobo Contente
 
En varias ocasiones he tenido la oportunidad de conversar con muchas personas de origen español radicadas en México, pero pocas ya mayores de edad, que estuvieron recluidos en campos de concentración, a la caída en 1939 del Gobierno Republicano Español. Se puede considerar que este numeroso grupo de aproximadamente 8,000 personas, y de los cuales tan solo sobrevivieron 1,500, fueron uno de los primeros en sufrir en carne propia los horrores de los campos de exterminio nazis. Su historia -como muchas otras- demuestra lo inhumano de los regímenes fascistas de (Italia, España y Alemania) que emergieron, y afortunadamente fueron derrotados en el transcurso del siglo XX.
Muchos republicanos que no tuvieron la suerte de exiliarse en naciones como México, vieron la posibilidad de refugiarse en poblaciones del sur de Francia, en un número aproximado de 200,00 españoles; pero cuando el ejército alemán amenazaba en invadirla, se alistaron en distintas fuerzas francesas para hacerles frente. Al darse la ocupación fueron arrestados en 1940, supuestamente como prisioneros de guerra, estatus que pronto cambiaría gracias a las visitas a Alemania de Serrano Zúñiga -representante de Francisco Franco “El Generalísimo-” que tomó parte de un acuerdo firmado con los nazis consistente en trasladar a los prisioneros españoles a un campo de trabajos forzados, donde seguramente se extinguirían; el pretexto, considerarlos peligrosos por su afiliación comunista; del Stalag XI-B en Fallingbostel, donde los tenían, los enviaron por tren a “Mauthausen, Gusen (Austria)”, el mismo día en que Franco hacía una visita a Hitler a principios de 1941, para agradecer en persona la ayuda militar que Alemania e Italia le habían dado con sus ataques aéreos, en la sangrienta guerra contra el Gobierno Republicano.
 
Entre los que llegaron al campo, se encontraban varios profesionistas y personas que les podían ser útiles a los verdugos del campo, como peluqueros, carpinteros, traductores, electricistas y fotógrafos; de ésta última profesión, se encontraba un joven barcelonés de nombre Francisco Boix Campo nacido en 1920, fotógrafo profesional que además había aprendido suficiente alemán en su estancia en el Stalag, por lo que primero le dieron trabajo de traductor entre los nazis y los trabajadores de la cantera, un trabajo -que dadas las circunstancias- se consideraba privilegiado.
 
No obstante, su juventud, Francisco Boix había sido militante comunista y participó en el Ejército Republicano durante la Guerra Civil Española; al pasar el tiempo, otro español que trabajaba en los laboratorios fotográficos del campo, recomendó a Boix con los superiores del campo, pues sabía el oficio y porque era un reconocido fotógrafo que podría ayudar en las tomas de fotografías que dos nazis encargados hacían rutinariamente. Fue aceptado y cambió su oficio de inmediato, granjeándose algunos favores que él pedía para ayudar a cambiar de trabajo a algunos prisioneros que ya no podían con el inhumano trato en la cantera.
 
Al poco tiempo observó que, de cada fotografía, una se mandaba a las autoridades en Alemania, otra se archivaba en el campo y una más formaba parte de un almacén -sin mayores controles administrativos- donde también se depositaban los negativos. Como periodista gráfico, pensó robar los negativos para que en el futuro hubiera constancia de los horrores que ahí se vivían; para ello tenía que recibir la autorización, y sobre todo la ayuda, de un comité organizador de prisioneros que se había formado como autoayuda y que conseguían de donde podían, algunos alimentos y medicinas para los más necesitados.

Habló con los principales líderes quienes aceptaron de inmediato y planearon, con unos 4 prisioneros, de tomar y esconder los negativos que Boix conseguiría del almacén y tiraría a determinada hora por una de las ventanas del laboratorio. La extracción tuvo éxito y fueron ocultados en algunos marcos de las barracas de madera; posteriormente fueron cambiados de lugar, dadas las inspecciones minuciosas que los guardias hacían.
Al enterarse los prisioneros en junio de 1944, que los aliados habían desembarcado en las costas francesas y que el ejército alemán ahora peleaba en dos frentes opuestos, vieron la necesidad de sacar del campo los negativos; para ello pensaron en un grupo de muchachos españoles de entre 13 y 18 años de edad que trabajaban en un almacén en el pueblo de nombre “Poschacher”, que se dedicaba a la venta de algunos materiales extraídos de la cantera, cuyos beneficios económicos llegaban directamente a los más altos encargados del campo. A estos jóvenes que apodaron “Los Poschacher”, los alemanes

no los consideraban peligrosos, y por ello les dieron ése trabajo -también de esclavos- pero con mayores libertades, y a diferencia de los demás prisioneros, se les había prometido una pronta excarcelación. El comité organizador se entrevistó con varios del grupo y manifestaron que entre el personal austriaco que trabajaba en dicho almacén, investigarían quien sería la persona idónea para entregárselos. Al poco tiempo dieron con la señora Pointner, quien tenía dos hijas y vivían en una casa del pueblo. Le advirtieron que lo que le entregarían era muy peligroso que los nazis descubrieran, pero les dijo que ella estaba con ellos y les confesó que ella se consideraba una mujer con ideales políticos de izquierda. La entrega de los negativos tuvo éxito y la señora los ocultó entre las piedras de un muro de su jardín.
El 3 de mayo huyeron los alemanes encargados del campo, dejando a la policía y bomberos de Viena como cuidadores; encargo que no duró mucho, pues fueron desarmados por los prisioneros quienes se apostaron en las entradas por si los alemanes regresaban. Para el 4 de mayo de 1945 el campo fue liberado por tropas norteamericanas, quienes alimentaron y trataron a los enfermos. No obstante, los cuidados que les dieron, unos 2,000 enfermos se agravaron y murieron a los pocos días de su liberación. Francisco Boix, tomó del equipo del laboratorio una cámara Leica y de inmediato acudió -junto con algunos compañeros- a la casa de la señora Pointner, quien les entregó los negativos que le habían encargado guardara. Aprovechando la amabilidad de la señora, Boix hizo los primeros positivos, y al poco tiempo, ya de nuevo en Francia, se dedicó a procesar todos los negativos, clasificando las fotografías con anotaciones por el reverso de las mismas, dando detalles de las personas que aparecían y los momentos en que fueron tomadas.
 
Antes de su retorno a París supieron del escape a través de un bosque cercano, del Director del campo Sirais, quien se había vestido de civil a la usanza de la región y no obstante lucir un bigote se le reconoció; al no hacer caso de que se entregara, recibió dos balazos y fue atendido por el servicio médico norteamericano. A los dos días de ser atendido murió, pero antes se le pidió a Boix que prestara su servicio de traductor. Se presentó con la cámara -ahora de su propiedad- que había tomado del laboratorio e hizo algunas fotografías, pero quedó sorprendido de lo que escuchaba del moribundo, quien se negaba a contestar a cualquier pregunta, diciendo que esas preguntas se las hicieran a su esposa. En lo que sí se ocupó de declarar, es que la muerte de los españoles se debía al acuerdo que Franco hizo con Hitler, pues esperaban que la única liberación que pudieran tener los españoles presos, fuera a través del humo que salía de las chimeneas del campo. Sirais después de muerto, fue colgado por los liberados en el mismo lugar donde muchos de los presos fueron ahorcados por sus órdenes.
 
Ya instalado en París, Boix trató de contactar al partido comunista ruso para que difundiera las fotografías que había conseguido, pero se llevó la sorpresa de que no les interesaban, y que además lo consideraban a él -de acuerdo a los dictados de Stalin- como un traidor, al igual que todo comunista liberados, pues debían morir antes de entregarse al enemigo. En principio no les creyó, pero después se enteró de que los soldados rusos que habían sido liberados en diferentes campos, se los llevaron a Rusia, en donde de nueva cuenta los encarcelaron por órdenes del Dictador.

Pero Francisco no se desanimó, y por fin pudo publicar en una revista comunista francesa las fotografías que él y sus compañeros con tanto riesgo habían conseguido. Esa revista realmente conmocionó a la opinión pública mundial, y llegó su fama hasta las autoridades aliadas, quienes las utilizaron para inculpar a Nazis importantes en la política de aniquilación masiva y los encargados de los campos de exterminio. Como llegó a conocer por su nombre a muchos oficiales nazis que visitaban las instalaciones, le pidieron que se hiciera presente en los juicios de Núremberg y posteriormente en los organizados por los norteamericanos en Dachau, como testigo de cargo.
 
Con el importante número de fotografías comprometedoras que mostraban aspectos de la cruda realidad del campo y las prácticas de exterminio hacia los presos, Francisco Boix pudo inculpar a un gran número de prisioneros nazis, que alegaban que obedecían órdenes superiores, o como en el caso del criminal E. Kaltenbrunner, quien manifestó al Tribunal que las fotos presentadas no tenían valor, por estar trucadas; afirmación que de inmediato palideció su rostro al mostrarle los negativos de donde se habían impreso. Muchos altos jerarcas aparecían en ellas cuando visitaron “Mauthausen”, algunos todavía seguían libres o habían huido de Europa, otros no resistieron la derrota y se inmolaron de un tiro o ingiriendo cápsulas de cianuro.
 
Los juicios se desarrollaron con mucho cuidado, estudiando a detalle la participación de cada uno de los acusados. Casi al principio, Boix señaló a E. Kaltenbrunner y a Albert Speere, pero sus condenas fueron diferentes de acuerdo a los delitos cometidos;

al primero se le ejecutó en la horca y al segundo se le aplicaron varios años de prisión, que posteriormente por buena conducta fueron reducidos al mínimo posible. En el proceso americano celebrado en Dachau contra 61 acusados de crímenes en Mauthausen, también participó con las fotografías y testimonios personales. Francisco Boix, fue el único español que actuó en dos ocasiones como testigo de cargo contra los nazis que los aliados pudieron apresar, y muchos otros que escaparon por diversas vías e identificaciones falsas, incluyendo pasaportes que el mismo Baticano les entregó.
El resto de su corta existencia, lo dedicó a lo que más amaba, a ser a plenitud un reportero gráfico de los que llamaban “Todo Terreno”. Participó en varias publicaciones (revistas y periódicos), y en un agotador reportaje del “Tour de Francia”, se sintió mal de sus riñones, que previamente estaban resentidos, debido a unos golpes recibidos por un guardia en el campo de concentración. No obstante los cuidados que le fueron dados en el hospital Rothchild de parís, falleció el mismo año de 1951 en la habitación del hotel en donde vivía, teniendo escasamente 30 años de edad.

 
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