Meses de Pesares y Glorias PVIII (Última) - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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Meses de Pesares y Glorias PVIII (Última)

Condensados

AGOSTO DE 1945
(Octava y última parte)

      

Por: Jacobo Contente


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Uno de los meses más fatídicos de la guerra. La humanidad sufrió el nacimiento de la era atómica mediante el lanzamiento de dos artefactos: el primero (día 6) en Hiroshima; poco después (día 9) en la ciudad de Nagasaki.
El cálculo estimado de víctimas del primer estallido se situó en un principio entre 75 mil y 100 mil personas muertas, con aproximadamente 68 mil heridos. Para 1968 los resultados definitivos arrojaron un saldo de entre 240 mil a 270 mil muertes. La causa: el sindrome de radiación que produjo leucemias y diversos tipos de cánceres.
Respecto a las víctimas que hubo en Nagasaki, los norteamericanos habían calculado 35 mil; los japoneses 87 mil, pero al igual que en Hiroshima la cantidad fue en aumento con el transcurso del tiempo y hasta hoy en día no se ha podido establecer una cifra real de muertos.
También hasta hoy en día prevalece la incógnita del porqué el lanzamiento de dos bombas ("Little Boy" en Hiroshima y "Fat Man" en Nagasaki)... ¿No habría bastado tan sólo una para rendición?... algunos comentan que el imperio del sol naciente no había reaccionado con la prontitud deseada y que por ello la presión ejercida con la segunda "ahorrando mayores pérdidas humanas"... otros dicen que el motivo fue el de probar los dos artefactos que eran distintos, pues uno se había fabricado con uranio y el otro con plutonio... por último los analistas políticos de la conflagración coinciden que el principal motivo no fue contra el Japón (virtualmente derrotado), sino como demostración de poderío hacia los rusos, en aquellos momentos todavía aliados que ya mostraban sus anhelos de dominación e influencia para los tiempos de la posguerra.
Cualquiera de los motivos expuestos del o de los porqués, no han cambiado la carga moral y el examen de conciencia histórico de todas las partes involucradas. Al igual que el Holocausto, el sangriento nacimiento de la era atómica, sigue y seguirá manchando los anales modernos de la humanidad.
Antes de seguir con el tema de Japón y su emperador divino, permítasenos señalar que entre el 8 y 9 de este mes, Rusia declara la guerra a Japón y su ejército invade Manchuria; acto seguido, Stalin convenientemente anuncia la victoria rusa sobre ese territorio. Estos movimientos estratego-políticos, también los efectúa Inglaterra, cuya fuerza naval llega a Hong Kong para recuperar la colonia por algunos años perdida.
El 15 de agosto se escucha en la radio japonesa la voz paternal de un personaje cuya inmensa fortuna fue incalculable; alguien a quien no se le podía tocar so pena de muerte y al que tampoco se le podía mirar directamente por el temor de quedarse ciego. Las palabras de este hombre que fue venerado por millones de personas, finalmente aceptaba las condiciones de rendición de los aliados. Su nombre Hirohito, el Emperador número 124, a quien se consideró hijo del cielo.
Tras un imperio cerrado y secreto por cientos de años, producto de una dinastía fundada en 660 a.c. por el Emperador Jimmu Temo, nace en 1901 Hirohito, quien asume a los 20 años de edad la regencia del Japón por enfermedad de su padre Yoshi-Hito. En 1926, a la muerte de su progenitor, comienza su reinado y es nombrado dos años después Emperador (por causas tradicionales del periodo de luto nacional), pero para su pueblo fue virtualmente: "el dios que camina entre los hombres".
Japón por aquel entonces (años 20's) empieza a abrirse a occidente sin cambiar significativamente sus milenarias tradiciones de estilo feudal, sobre todo las concernientes a las castas militares. En 1936, tras las elecciones de generales y marinos como Tejo (Tojo), Konoye y Matsuoka se forma lo que se ha denominado "el nuevo shogunado", bajo el cual el emperador fue eclipsado en sus decisiones.
Esta última versión la sostienen muchos de sus biógrafos que afirman que Hirohito tuvo siempre el deseo de gobernar con modernidad y apartado de cualquier idea expansionista, sobre todo después de la gran influencia que recibió, cuando todavía joven príncipe, viajó por primera vez a Europa, en donde observó la monarquía simbólica inglesa.
Lamentablemente su forma de pensar no se corroboraba con los hechos, pues desde 1931 sus ejércitos habían invadido Manchuria y en '37 efectúan a gran escala la ocupación de China. Estas operaciones militares acompañadas de saqueos y matanzas, se hacen por la gloria de su nombre, y según se dice, engañado por sus más altos generales quienes afirmaban que eran medidas tendientes hacia la paz. Verdad o no, el obediente pueblo japonés y sus soldados, quienes lo consideraban como un verdadero incentivo divino, generaron lo que en nuestros días algunas naciones fundamentalistas llaman "guerra santa".




Ya para 1941, las crecientes necesidades de un imperio en expansión, chocan con una prohibición de los envíos bélicos impuesta por los Estados Unidos, presentándose una crisis imposible de mitigar con acciones diplomáticas, dando por resultado el ataque japonés a Pearl Harbor, la mañana del domingo 7 de diciembre del mismo año.
Desde aquel ataque aéreo "por sorpresa", las dos naciones entran a la Segunda Guerra Mundial, acumulando Japón desde los inicios del '42 un sinnúmero de victorias e invade la mayor parte de islas del Pacífico, además de gran parte del territorio este del Continente Asiático.
No obstante la ferocidad, disciplina y preparación nipona, el rumbo de la guerra cambia en 1943 ante el empuje de las diversas fuerzas aliadas, que lenta pero implacablemente reconquistan la mayor parte de las islas y posteriormente cierran el cerco del archipiélago japonés. Para marzo de 1945, la ciudad de Tokio recibe el castigo de más de cuatro mil toneladas de bombas lanzadas desde súper fortalezas del tipo B-29 norteamericanas. Los militares del imperio en retirada, emprenden acciones desesperadas lanzando pilotos suicidas contra los barcos amenazantes.
Sabedor el Emperador del orgullo y fanatismo de su pueblo, Hirohito a través de sus diplomáticos busca una rendición condicionada y digna, algo que Truman y su nación no estaban dispuestos a considerar. Por más de 2000 años, el pueblo japonés no había sentido el sabor de la derrota y fue ocupado oficialmente por el Comandante Supremo Douglas MacArthur el 4 de septiembre de 1945.
La suerte del emperador la habían sellado los aliados, decidiéndose que su influencia podía ser benéfica para los tiempos de paz, por lo que se le perdonó la vida, conservaría su título, pero no se le dio ningún derecho a ejercer poder. Su atuendo militar cambió por el de civil, a quien se le podía tocar y ver en las repetidas manifestaciones públicas.
El caso de sus Generales fue muy distinto, iniciándose poco después de la derrota varios juicios por crímenes de guerra, que vengaron algunas de las múltiples atrocidades cometidas contra poblaciones civiles. Sólo en Filipinas hubo cerca de un millón de víctimas inocentes.
La última nación que había abrazado la bandera del fascismo y puso en pie de guerra a su pueblo y ejército, perdía la guerra; también perdía a un dios que siguieron devota y respetuosamente transformado en hombre hasta su muerte en 1989; una nación perdedora, que al igual que otras en Europa resurgiría de las ruinas hacia la modernidad, llegando en nuestros días a considerarse nuevamente, una de las más poderosas del mundo.

La Segunda Guerra Mundial después de seis años al fin se extinguía, con sus 24 millones de soldados muertos y tal vez más de 40 millones de civiles inmolados. Las causas de tanta atrocidad del género humano para consigo mismo, se pueden encontrar y seguir su huella desde remotos tiempos. Por regla general a todos los protagonistas que inician guerras de tal magnitud y cuya grandeza la obtienen de los millones de muertos, se les clasifica inicialmente como geniales e indispensables líderes; posteriormente pasan a ser gobernantes, dictadores o dioses supremos, y cuando todo termina, se les dice infames, asesinos o locos.

Los hombres sin embargo no han aprendido que nunca han habido buenas guerras y que una mala paz es preferible, pues el castigo por hacer la guerra lo reciben victoriosos y vencidos. El mundo "civilizado", supo acabar con una de las peores guerras, pero aún no ha sabido extinguir los pequeños fuegos que las inician. Tal vez la conducta de los pueblos y sus líderes se conduzcan en próximos amaneceres por caminos de vida, abandonando todas las ciencias y artes destructivas del género humano que azotan a sus religiones, sus naciones y su célula primaria:

LA FAMILIA.

      








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