Los franceses en Sonora - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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Los franceses en Sonora

Etapa Electónica 2
Los franceses en Sonora
 
Por: Max Bery
 
Si la historia de la intervención francesa en México es bien conocida por la mayoría de los mexicanos, el episodio de la presencia de los mismos en los años 1850-1854, prácticamente no se ha divulgado. Sin embargo, de haber tenido éxito, esta "invasión" pudo haber tenido consecuencias casi tan dramáticas como la norteamericana de 1847
.
El tratado Guadalupe-Hidalgo en 1848, duplicó la línea de contacto entre dos civilizaciones. Anteriormente los anglos y los latinoamericanos se habían visto las caras principalmente a lo largo de la frontera del Río Grande; ahora su terreno común se extendía también hasta el Río Gila y hasta el Pacífico, por territorios semidesiertos, habitados por tribus indígenas reacias a someterse a una u otra nación. Así es como se creó una nueva frontera, y a lo largo de ella pronto surgieron nuevas dificultades.
No sólo los Estados del Norte de México eran incapaces de protegerse a sí mismos de las salvajes incursiones de los indios de la frontera, el mismo Gobierno de los Estados Unidos demostró no poder o no querer cumplir con las obligaciones que le imponía el tratado, de mantener la paz y el orden a lo largo de la nueva línea divisoria. El Gobierno Central de México, debilitado por las luchas intestinas y la pobreza de la post guerra, no podía defender la frontera, ni de los inmigrantes americanos, ni de los merodeadores apaches.
Todo había empezado con el oro de California. Algunos años antes había provocado uno de los más grandes flujos migratorios del siglo. En esta oleada habían llegado cerca de 20,000 franceses. Entre ellos un joven de 32 años, desembarcado en San Francisco el 22 de agosto de 1850 -Gaston de Raousset-Boulbon. Raousset había nacido en 1817, en el seno de una familia rica de la nobleza de Avignon. Se dice que su abuelo había sido un bastardo de la casa real de Borbon y que, a raíz de la Revolución de 1789, la prudencia había hecho a sus padres cambiar el apellido a Boulbon. Expulsado del colegio jesuita por indisciplina el joven conde se hallaría pronto en el París de Luis Felipe, en busca del placer y de la gloria, pero harto de despilfarrar una considerable fortuna en fiestas parisinas, en 1850 se embarca hacía San Francisco, en busca del sueño americano.
Una vez ahí, rápidamente desanimado por las deplorables condiciones de la vida de los buscadores de oro se entera, por boca del cónsul francés, de que el Gobierno mexicano se proponía crear asentamientos de colonos en Sonora. Este inmenso estado del norte de México, con un área equivalente a la mitad de Francia, estaba apenas poblado por una centena de miles de habitantes, amenazados por las tribus de apaches y por las ambiciones territoriales de los Estados Unidos que acababan de despojar a México de los gigantescos territorios de Texas y la Alta California.
En febrero de 1852 se dirigió a México. La idea -cuando menos la que expuso ante el Gobierno mexicano del General Arista- era la siguiente: con unos 150 mercenarios franceses, reclutados en California, el conde se comprometía de asegurar la protección de la población contra los indios y a desarrollar minas de plata. Hasta ahí el contrato satisfacía a todas las partes interesadas: al Gobierno mexicano, a los financieros y al embajador francés que quería estrechar los lazos de amistad entre los dos países. No habían tomado en cuenta los sueños impetuosos y la ambición del joven conde.
De vuelta en San Francisco, Raousset-Boulbon reclutó sin esfuerzo, entre los belicosos moradores del puerto, a 200 mercenarios franceses, con los cuales se embarcó. Mientras tanto se había generado en Sonora un ambiente de desafío al conde. Se sospechaba, no sin razón, que abrigaba intenciones mucho más ambiciosas que velar por la seguridad y la explotación de una mina perdida en una región infestada de indios. Las peripecias del conde de Pindray, otro francés que se había aventurado dos años antes, hacía que el comandante militar de la región, el general Blanco, esperaba la llegada de los franceses con enconada desconfianza.

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