Los Caminos de una Comunidad *S - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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Los Caminos de una Comunidad *S

Condensados

"Uvyom Simjatejem"
Coro de la Unión Sefaradí de México
Cantor: Isaac Behar

Los Caminos de una Comunidad

Basado en el libro: "Los Djudeo-Espanyoles"


Texto en francés de Richard Ayoun.
Pasado al Ladino por el Prof. Haim –Vidal Sephiha
Ladino a Español por: Jacobo Contente

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( Capítulo I )


EN ESPAÑA, DESDE LOS ORIGENES HASTA 1492.

Cuando se estudia los orígenes de cualquier comunidad humana, es difícil apartar lo que es mito y lo que es realidad. Lo mismo ocurre con los judíos de la Península Ibérica. En la Edad Media, ciertos judíos de origen español manifestaban que sus antepasados llegaron a la península desde la época del Rey Salomón y que habían llegado para obtener oro y productos para el Bet Hamikdash (Templo de Jerusalem). Otros de épocas más recientes, afirman que sus antepasados salieron de Jerusalem en el Siglo VI a.e.C. cuando Nabucodonosor II destruyó el Templo.
En realidad es muy probable que los judíos se establecieran en España en los principios de la era cristiana con los colonos romanos, cuando éstos construyeron ciudades y los centros administrativos necesarios para la paz romana, transformando el país de los Iberos en una de las provincias más florecientes del Imperio. Documentos que datan de los primeros siglos de la era cristiana, como: «La Guerra de los Judíos» de Josefo Flavio; «El Nuevo Testamento» y «La Mishná», atestiguan lo dicho. Su asentamiento en la región también lo confirman textos del Talmud y los Midrashim.
La existencia de monumentos funerarios hebraicos que datan de los primeros siglos de la era cristiana en Tarragona, Tortoza y Mérida, dan una prueba palpable del asentamiento. Es verdad que ellos formaron muy temprano en España, y sobre todo en la época romana, colonias importantes por su cantidad e influencia, como lo prueban numerosos cánones que les dedica el Concilio de Elvira, efectuado en Granada a comienzos del Siglo IV. Ya en esa época, la iglesia al ver la coexistencia de las dos comunidades (judía y cristiana), se preocupa del peligro de confusión y de fusión entre las dos religiones; más aún, de la amenaza de apostasía, o sea el posible abandono de la fe cristiana por la judía.
Los concilios de Antakia y de Nicea, nos enseñan que ciertos papas, importantes o no, festejaban las Pascuas de acuerdo al calendario judío, observando también el Shabat, recibiendo además, matzots de la comunidad judía. Para evitar esa confusión y mantener la separación entre las dos comunidades, los padres conciliadores vedan los casamientos entre jóvenes cristianos y judíos, también las invitaciones a fiestas comunes, o las bendiciones judías efectuadas en tierras cristianas.
En 409, cuando las primeras invasiones bárbaras, los visigodos se asientan en Aquitania y en España, además de ciertas regiones del Imperio Romano; mientras que vándalos y suevos se expanden hasta llegar a Portugal. En 476, a la caída del Imperio Romano de Occidente, el Reino Visigodo se hace independiente. No obstante que estos se consideran arianos, pronto se convierten al catolicismo romano, promulgando sus reyes al cristianismo, como religión de estado. Durante el Tercer Concilio de Toledo (589), las medidas discriminatorias toman fuerza contra los judíos, que poco a poco son excluidos de la sociedad. El judaísmo es perseguido y su desaparición decidida, por lo que las comunidades judías deben esconder sus prácticas originando el criptojudaísmo, o sea, una observación aparente del cristianismo, principalmente en casas o reuniones sociales, pues las sinagogas habían sido destruidas.
Los judíos renuncian también a vivir en las ciudades, donde les es más difícil ocultar sus actividades religiosas, cobijándose en los campos y en las montañas de los Pirineos. La conquista árabe-berebere de España, cambiará esta situación. En 711 la armada de Tarik, gobernador de Tánger, en nombre de los Califas Oméyades, pasa por el estrecho de Gibraltar. En tan sólo tres años los musulmanes se apoderan de la mayor parte de la Península Ibérica, salvo el norte y el oeste, mostrando tolerancia para los pueblos del libro (cristianos y judíos) quienes podían vivir en las mejores condiciones.
Muy pronto se forman de nuevo comunidades judías en las que se encuentran nuevos inmigrantes venidos de oriente o de África del Norte. No obstante los que vivían en los territorios visigodos sufrían opresión, razón por la cual los musulmanes encuentran en ellos seguros aliados. Por esta misma razón, a muchos judíos se les asignó la defensa de las guarniciones de varias ciudades en posesión musulmana. En 755, Abderraman I, consolidó el poder oméyade, con una participación amplia de las comunidades judías, quienes se distinguían en campos como la política, las finanzas, medicina y cultura. Además ellos practicaban una variedad de oficios relacionados con el comercio y las artesanías.
Por ello sus condiciones económicas fueron excepcionales y buenas para el crecimiento demográfico de la cultura judeo-árabe, provocando el desenvolvimiento del judaísmo y el nacimiento de una cultura judeo-árabe, que se caracteriza por su diversidad y un aspecto de sagrado y de profano. Los judíos se empapan de la cultura árabe y marcan sus comienzos de una verdadera «Edad de Oro» en la España musulmana. Esto se realiza ampliamente cuando llega al poder Abderraman II, que se proclama Califa en 929, durando esa prosperidad hasta mediados del Siglo X y fines del XI.
Durante ese período, Córdoba se convierte en la capital musulmana de occidente y el corazón de una civilización relumbrante, fruto del encuentro de las tres culturas, musulmana, judía y cristiana. El apogeo de esa cultura se relaciona estrechamente con la carrera política y diplomática de Hasday ibn Shaprut (912-970), consejero cercano de Abderraman III, pues era el responsable de las relaciones exteriores y del comercio internacional del Califato de Córdoba. Shaprut, también fue nombrado responsable de la comunidad judía de España musulmana, convirtiéndose en mecenas de la misma, surgiendo además, varios sabios que influyen en varios países y que fundan una biblioteca en Córdoba.
Este gran personaje permite que llegue a España un numeroso grupo de eruditos, entre ellos Moshé ben Kanokh, que vendría a ser el jefe espiritual del judaísmo español, además de dos afamados filólogos de la lengua hebrea (Dunash ben Labra y Menahem ben Saruk). Durante esa próspera época, la poesía hebrea tiene un gran florecimiento en todas las ramas, tanto religiosas como profanas.
En este capítulo extraordinario de realizaciones culturales, destacan filósofos y poetas como Salomón Ibn Gabirol (1022?-1058?) autor nacido en Málaga que escribió en árabe y hebreo obras litúrgicas y profanas; incluso una de ellas «El Mandadero o Dueño de las Vidas» se estudia en los monasterios de la Edad Media, bajo el nombre de autor supuesto de Avisabron. Otro erudito de esa España musulmana, fue el poeta Yehuda Haleví (10757-1141?) nacido en Tudela y al cual se le atribuye la más notable poesía hebrea de todos los tiempos; además su obra «El Kuzari», que fue traducida y editada en varios idiomas (latín, español, italiano y alemán) se ha considerado como el mejor trabajo sobre el pensamiento medieval judío y contribuyó a la defensa de la fe judía.
También fue notable Abraham Ibn Izra (1092?-1164?) que fue poeta, filósofo, matemático, astrónomo y médico, y que nació también en Tudela, y se desplaza por toda Europa impartiendo sus grandes conocimientos. Este personaje adquiere el sobrenombre de «El erudito errante», aunque él prefería, por su fuerte nostalgia hacia sus orígenes, ser llamado «A-sefaradí» (El español).
Otro gran personaje pero en este caso filósofo y médico cordobés, surge con el nombre de Moshé ben Maimón (Maimónides 1138-1204), que fue fundador del pensamiento judío medieval y que igual que el primero sobresalió en aquella España musulmana. Su ciencia lo llevó como médico a la corte del sultán Saladino, y fue autor de tratados de medicina y teología. Sus más grandes obras fueron: «Comentarios a la Mishná; Mishné Torá» que es un códice rabínico que se usa hasta hoy en día y «More Nevuhim» (Guía de los Perplejos), que es una profunda meditación llevada a la luz de la filosofía griega aristotélica, y también influenciada por la medieval europea.
El derrumbamiento del Califato de Córdoba, originado por pleitos intestinos y su desaparición en los comienzos del Siglo XI, lleva a la formación de reinos pequeños, el de Granada y el de Sevilla, quienes eran rivales y enemigos. En los dos, los judíos ocupan lugares importantes, como fueron los casos de los Ibn Nagrela (Samuel y su hijo Yosef) quienes -independientemente de que fueron grandes poetas- fueron visires de los reinos de Granada y jefes de la comunidad.
Esta situación del desmembramiento de la España musulmana impulsa la conquista llevada por los reyes cristianos desde finales del Siglo X. Esa reconquista se continúa durante cinco siglos y sus territorios liberados (particularmente a lo largo del Siglo XI) deben ser colonizados. Alfonso V (994-1027) Rey de León y Asturias, otorga ciertos derechos a los judíos, como el de respetar sus bienes y practicar sus leyes y costumbres, otorgándoles además cierta autonomía. Muchos acontecimientos aligeran la llegada de los hermanos judíos del sur, quienes sufren matanzas en Granada en 1066, incluyendo el asesinato de Yosef Ibn Nagrela, que marca el fin de la época de paz para la comunidad judía de la España musulmana.
Las victorias cristianas, tal como la reconquista de Toledo en 1085 por Alfonso VI, Rey de León y de Castilla, provoca las invasiones de los almorávides del Magreb (1086), y después, de los almohades de Marruecos, venidos para reformar y controlar la España musulmana. La amenaza de conversión forzada, y después la prohibición de practicar el judaísmo, empujan a numerosos judíos a huir hacia el norte. Con ello surge una vida religiosa y cultural dentro de la España cristiana. Muchos sabios de esa región, también ganaron fama como sus hermanos de la España musulmana. De ellos se menciona a Benjamín de Tudela, uno de los más afamados viajeros judíos de la segunda mitad del Siglo XII. Este políglota erudito narra en el libro de sus viajes su largo periplo que lo lleva durante años (1160 hasta 1173) a muchas ciudades como Bagdad y Tierra Santa.
Otro personaje sobresaliente por su clara filosofía y comentarios cabalísticos, fue Moshé ben Nahman (1194-1270), nacido en Gerona y que se enfrentó en un famoso debate público con Pablo Christian en el palacio real de Barcelona. Se comenta que en el cuarto día del evento, la disputa se había acabado a favor de Nahman, respecto al tema de la trinidad y que el Rey Jaime I, sonriendo, ofreció a Moshé 300 dinares, rogándole se regresara a su ciudad. Christian, a quien Nahman había puesto en entredicho públicamente, logra más tarde que el rey de Francia Luis IX, marcara a los judíos con una señal que los distinguiera.
Las obras de los poetas judíos de la España cristiana enriquecieron la lengua y cultura castellana. Sem Tob de Karrion (primera mitad del Siglo XIV) escribió proverbios morales dedicados a Pedro I de Castilla y de León, llamado «El cruel»; ese conjunto de poesías sobre la ética, cualidades y los defectos humanos, constituye uno de los primeros trabajos de expresión lírica escritos en castellano.
Desde finales del Siglo XIII hasta 1492, esta mezcla cultural se acompaña de un intenso desenvolvimiento del pensamiento cabalístico. Uno de los grandes místicos judíos fue Moshé Ben Shem Tov de León (1240-1305), que estudia la obra de Maimónides y que escribe sus versos sobre el libro del esplendor «El Zohar», una interpretación mística de los principales pasajes de la Torá. Esta labor cabalística española, tendría una influencia primordial en la obra de otro místico judío muy sobresaliente de nombre Abraham Abulafia (1240-1291?), nacido en Zaragoza, siendo uno de los pensadores más originales de la España judía.
Pero las condiciones de vida de los judíos españoles en la España cristiana empiezan a desmoronarse en el periodo de Alfonso X (1221 -1284), llamado «El sabio», Rey de Castilla y de León. Este soberano, poeta y astrónomo que hace la reconquista de Andalucía (Jerez de la Frontera en 1264 y Cádiz en 1265), creó una escuela en Toledo cuya filosofía se basaría en sus códigos legales, propiamente en las siete partidas: donde dicta una serie de medidas restrictiva en contra de los judíos, como el traer vestidos que los distinguieran del resto de la población.
Por lo tanto la comunidad judía es apartada y empiezan a crearse rumores sobre asesinatos rituales de niños cristianos que se llevan a cabo en ceremonias judías. Esta situación empeora a lo largo del Siglo XIV, y en Aragón y Castilla, donde los judíos ya no tienen ningún papel político, constantemente se promulga leyes contra ellos; por su parte la Iglesia y la misma población, manifiestan su hostilidad sin rodeos. Muchos reyes cristianos tratan de interceder, como fue el caso de Alfonso XI (1311-1350 en Castilla) o como Pedro IV (1319-1387 en Aragón), quienes enfrentan las revueltas antijudías en sus reinos en un período nefasto que tiene su clímax en el año de 1348.
El 4 de junio de 1391, los judíos de Sevilla y de sus alrededores son asaltados, masacrados o bien bautizados masivamente por la fuerza. Llegaron a venderse mujeres y niños como esclavos. Estas revueltas se extienden por Andalucía y posteriormente por Castilla. Las grandes comunidades de Córdoba y de Toledo sufren a su vez, y en julio del mismo año, la rebelión se expande como pólvora encendida por todo el reino de Valencia. La mayor parte de las comunidades judías son destruidas y los pobladores de esta fe, que viven en Mallorca y Cataluña, no obstante su afamada comunidad de Barcelona, llegan a tener el mismo desafortunado destino.
A consecuencia de estas matanzas de 1391, nacen colonias judeo-españolas en el Magreb y en España surge el fenómeno de los conversos. Existieron tres tipos de conversos: el primero, el de los judíos forzados a una conversión y que practicaban su judaísmo a escondidas; el segundo, los judíos no practicantes que aprovechan la ocasión para integrarse plenamente a la sociedad cristiana; y el tercero y último, el de los judíos bautizados por fuerza y que se esfuerzan sinceramente por adquirir una nueva identidad cristiana. Pero a estos conversos tampoco se les dejó en paz, mediante sospechas (fundadas o no), progresivamente fueron considerados como herejes.
En 1481, el Papa Sixto IV da licencia a los reyes católicos Fernando e Isabel, para la creación de una Inquisición real. Al año siguiente él mismo critica los abusos, ya que cientos de conversos son quemados en autos de fe y miles castigados o reconciliados después de «ser juzgados». Esa Inquisición se extiende por todo Aragón en 1484 y a partir de 1485, se deja en manos del confesor de la reina, un fraile dominico de nombre Tomás de Torquemada. La comunidad judía teme a las condenas de dicho tribunal inquisitorial y sobre todo a la presentación de testimonios anónimos que los hacían acreedores de un crimen indeterminado, que con la imposibilidad real de defenderse jurídicamente, por lo general terminaban sufriendo tormentos o en el quemadero.
En el año de 1492, con la caída de Granada la corona da fin a la reconquista. Isabel y Fernando piensan además en una unidad religiosa de Estado, por lo que surge el edicto de expulsión de Granada, firmado el 31 de marzo de 1492, pregonándose un mes después. Los judíos de España entera podían escoger, entre convertirse o irse. Se les da tres meses para vender sus bienes, que a veces se vendían por un mendrugo de pan, y además no podían llevarse ni oro ni plata. El tesorero mayor de los soberanos, Abraham Seneor de Segovia y el recaudador de impuestos Itzhak Abravanel (1437-1508), defienden en vano la causa de los judíos de España entrevistándose con Fernando y la reina.
Abraham Seneor, renuncia a sus reclamaciones y acepta la conversión, no así Abravanel, quien escoge el exilio; a este último quien gozó de gran poder e influencia, históricamente también se le reconoce el coraje demostrado para sus correligionarios, que recoge la expresión muy usada por los judíos con posterioridad que dice: «Basta mi nombre que me llamo Abravanel». En la historia de los israelitas de Salónica, Yoseph Nehama escribió al respecto de la expulsión lo siguiente: «Cada uno y uno se destaca por sus propios hechos. ¡Hay tanto que hacer para estar listos a partir! Lo que más se lamenta, más que las riquezas, son las tumbas queridas que dejamos. Algunos quisieran llevarse las lajas de mármol con el nombre de sus queridos. Otros las entregan para su guarda como tesoros de valor a marranos. En Segovia, antes de alejarse de sus hogares, a los marcados les quedan tres días para llorar en sus panteones».


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