La música de las palabras - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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La música de las palabras

Etapa Electónica 2
 La música de las palabras
Por: Andrea Montiel

Desde que tengo conciencia de mí me maravilla escribir. Entonces, no sabía lo que era aquella hoja en blanco manchada con grafito, o tinta, o algún bicolor de aquellos que nos pedían en la escuela para subrayar con rojo las informaciones importantes de los libros. A veces era un cuaderno rayado o cuadriculado en el que escribía, claro, para no irme chueco en las frases y dibujitos que las acompañaban. Sentía que las palabras que se plasmaban sobre esos papeles me relajaban, me liberaban de algo que habitaba en mí muy adentro, por ahí, dicen que en el corazón, pero en realidad es en el cerebro. En fin, alojar los sentimientos en alguna parte del cuerpo, es lo de menos. Sentía también que las palabras eran seres vivientes, con vida propia, independientes de mí pero conmigo. Se comportaban como mis cómplices, convirtiéndose en un aliento que me acercaba a mí misma y a la temprana existencia de todo lo demás. Podía escribir cualquier cosa, ocurrencias, fantasías, pensamientos, algunos sueños y deseos indiscretos, y mis dudas y preguntas sobre lo que no entendía de la vida. Lo extraño es que desde entonces sigo haciendo lo mismo, y ahora ya adulta (y adulterada), me pregunto y me cuestiono todo, y aún no termino de entender ni encuentro respuestas.

 
Poco a poco me di cuenta que me gustaba cortar las líneas en lugar de seguirme a todo lo largo del renglón, y después, me enteré que a eso se le llamaban versos, y que un conjunto de ellos era una estrofa y todas las estrofas, hasta el punto final, lo apodaban poema. Y así fui sumando escritos, poema tras poema, cada uno comportándose de manera autónoma e independiente, una especie de entidad vital mucho más organizada que un ser orgánico en la naturaleza. Percibí que si a un poema terminado se le mutilaba un verso, una palabra, una letra, un signo ortográfico, moría. Sin embargo, había que trabajar los escritos, luchar con las palabras hasta lograr decir eso, exactamente aquello, que deseaba expresar. Comprendí que el poema es un ideal perseguido y conseguido como el amor: el primer impulso interior que te lleva a escribir o a enamorarte, pero luego hay que reflexionar y trabajar ese amor o esa creación poética.

 
Jorge Luis Borges decía: yo publico mis poemas para dejar de corregirlos. Si, todo es siempre perfeccionable, sin embargo, es necesario tomar la decisión de dejar en paz a esos seres vivientes que hemos dado a luz y aceptar el momento en que les toca a los lectores iluminarse con ellos, o simplemente leerlos y olvidarlos.

 
Ahora que tengo uso de razón y de emoción adultos, sé que la poesía es algo indefinible, si se definiera, el definidor sería el dueño de su secreto, el dueño de ella, y el secreto de la poesía no lo ha sabido, no lo sabe, no lo sabrá nunca nadie. A diferencia de la ciencia o de la prosa, parece obedecer sólo ciertas leyes: sus propias leyes. Y el resultado, para quien aprecia, ama y se apasiona con la poesía, sin duda reconoce que es conocimiento implacable, que es perderse en lo infinito, y un verdadero encuentro después del hallazgo.

 
Pero la poesía no es sólo eso. Además de expresar la densidad de un misterio, traducir la profundidad de las emociones-ideas, y decir menos para decir más, es el ritmo en la palabra. Lo sublime para mí, es lograr poemas que sean música hablada, un placer de sonoridad y sentido. Sé que la música es otra, los sonidos por los sonidos mismos y el más universal de los lenguajes, la expresión que traspasa fronteras sin necesidad de traducciones a otros idiomas. Aun así, la poesía no es únicamente musical: también es música. Y esto no sólo a causa del placer sonoro de las palabras que reúne, sino porque posee, además del sentido literal más o menos claro u oscuro, una significación análoga a la del lenguaje musical. Así como hay música que produce la sensación de un lenguaje, también la poética bien lograda puede producir musicalidad.

 
Los músicos y los poetas bebemos de esa misma fuente. Tal vez, en lugar de una hoja blanca, deberíamos usar un papel pautado donde verter el ritmo armonioso, los matices y colores musicales de las palabras, hasta lograr el resplandor de la forma poética. Sin embargo, estoy convencida de que las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio, por eso entreno mi silencio para aprender a reconocer la voz de una flor entre las flores de la verdadera poesía.

 
Estoy totalmente de acuerdo con Octavio Paz cuando en su libro El arco y la lira nos dice que la poesía es: Regreso a la infancia. Visión, música, símbolo. Analogía: el poema es un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía universal.

 
Eso y más ha sido para mí la poesía. Aún no sé para que sirva, pero un día de tantos leí en un libro una lista de razones que me parecen acertadas. La poesía sirve: Para reinar sobre la muerte, Para revivir cada día, Para sentir junto con los otros, Para apuntalar el sueño, Para alimento espiritual, Para unir lo posible con lo imposible, Para salvarse del diario morir, Para hacer más vivo el vivir, Para transformar la vida, Para la memoria de los pueblos, Para el asombro antiguo, Para un no sé qué, Para descubrir los secretos del mundo, Para llevar el infinito a cuestas, Para alumbrar la maravilla, Para todos y por todos, Para despertar a latigazos el silencio, Para defender el milagro de la vida, Para amar a los otros...

 
Y yo la amo y le canto:
 
Muleta de tinta y sangre raigambre mágico
 
de palabras poesía por ti mi corazón sabe
 
que el parto y una madre son distintos.

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