Jerusalem, Tres mil Años de Historia PIV - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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Jerusalem, Tres mil Años de Historia PIV

Condensados

Jerusalem, Tres mil Años de Historia
(Cuarta de cinco partes)


Por: Sergio Nudelstejer

LA SANTA SEDE E ISRAEL
Coincidentemente con la celebración del tercer milenio de existencia de Jerusalem, se han dado dos hechos que consideramos de trascendental importancia: El primero de ellos ha sido la firma del «Acuerdo Fundamental entre la Santa Sede y el Estado de Israel», signado el pasado 30 de diciembre de 1993 en Jerusalem; el segundo, el acto más trascendental, el establecimiento de relaciones diplomáticas entre el Vaticano e Israel.
No cabe duda que el presente siglo ha sido testigo del replanteo y la búsqueda de un nuevo humanismo desde ángulos muy diversos. El acercamiento entre hombres y pueblos así como entre diferentes fes religiosas surgió con el Ecumenismo de la pos-Segunda Guerra Mundial, que ha visto acercarse a diversas iglesias cristianas, mientras el diálogo entre las diferentes confesiones se ha vuelto una realidad que habría parecido imposible sólo unas pocas décadas atrás. Nuevos enfoques han derribado algunas de las barreras tradicionales entre judíos y cristianos, como resultado del impacto histórico tanto del Holocausto y del nacimiento del Estado de Israel.
A partir del 28 de octubre de 1965 en que el Segundo Concilio Vaticano promulgó la «Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones Aetate» se inició una etapa de mayor acercamiento y conocimiento mutuo, gracias al cardenal Bea que fuera uno de sus impulsores.
Sin duda, si se sabe llevar adelante el contenido y el espíritu de las enseñanzas de Nostra Aetate sí podrá hacerse realidad esa revelación en lo que el Papa Juan XXIII llamaba un nuevo orden de relaciones humanas.
Esta declaración en uno de sus párrafos dice: «Al investigar el misterio de la Iglesia, este sagrado Concilio recuerda los vínculos con que el pueblo del Nuevo Testamento (refiriéndose a la Iglesia) está espiritualmente unido con la estirpe de Abraham» (refiriéndose al pueblo de Israel).
¿Qué significa cualitativamente reconocer el vínculo que «une espiritualmente» al pueblo del Nuevo Testamento con la estirpe de Abraham? La estirpe de Abraham para el judío es Abraham, Isaac y Jacob, su descendencia, los profetas, los maestros de la Mishná, el Midrash, el Talmud, Maimónides, Mendelsshon, los pensadores judíos Franz Rosenzweig, Hermann Cohen, Leo Baeck y Martín Buber, la tierra de Israel, el Estado de Israel. El judaísmo no terminó en el año 70 con la destrucción del Templo de Jerusalem, la historia no finalizó en ese año aciago sino que continuó con nuevas formas y bajo otros suelos.
Por otra parte en el texto de Nostra Aetate se encuentra una referencia muy importante señalando: «que nunca se presente al pueblo judío como culpable de Deicidio» y, en su última versión se agrega además, «que no deben ser presentados como rechazados de Dios». Todo ello abrió sin duda alguna, nuevos espacios a la comprensión y al acercamiento que se fueron dando posteriormente.
Ha sido el actual jerarca de la Iglesia Juan Pablo II, quien ha comprendido que el verdadero diálogo religioso e interreligioso, así entendido, es un proyecto de vida, una tentativa mesiánica de acercar el Reino de Dios a nuestro universo; es una tarea común para cristianos, para judíos y hombres de otras religiones. Ello ha inspirado nuevos cambios y, por primera vez en la historia, el mundo presenció la visita oficial del Papa Juan Pablo II a la Gran Sinagoga de Roma, donde fuera recibido como merece su alta investidura por el Rabino Principal de la comunidad israelita de Italia, Eliahu Toaff, en abril de 1986.
Con ese espíritu de comprensión y hermandad que ha mostrado Juan Pablo II, se ha venido ocupando también de algunos temas «más dolientes» del pasado, entre ellos obviamente, el odio antisemita, optando por dar prioridad a lo que el jefe de la Iglesia católica califica como desafío de la «noche ética» que afecta hoy en día al mundo, en el umbral del nuevo milenio en ciernes.
La clara e inequívoca condena a todas las formas de antisemitismo y discriminación llega oportunamente en un momento como el presente, de un revivir de la xenofobia y el odio racial en diversos lugares y bajo formas muy distintas a las del antisemitismo de tipo tradicional que, basándose en selecciones de tipo ya sea político, económico, social o cultural, busca la expresión del odio encubierto.
El momento culminante en esta nueva etapa de cambios ha sido, sin lugar a dudas, el reciente establecimiento de relaciones diplomáticas entre Israel y la Santa Sede. Tuvieron que transcurrir casi 50 años y ahuyentar prejuicios ancestrales para dar lugar a la razón que inspira las buenas acciones del hombre. Muchos escépticos creían que iba a ser difícil, o acaso imposible, establecer totales relaciones diplomáticas sin llegar antes a un acuerdo completo en el Oriente Medio. Fue la sinceridad, la comprensión y buena fe en el desarrollo de las negociaciones, lo que condujo al trascendental acuerdo.
Los primeros pasos hacia esa anhelada meta se dieron en julio de 1992, cuando Israel y el Vaticano anunciaron el propósito de intercambiar embajadores. Se designó entonces una comisión mixta para que analizara los temas de interés recíproco, encontrando puntos de entendimiento.
La cuestión de las relaciones de Israel con los árabes estaba en la encrucijada y retenía la decisión final de la Santa Sede; pero el acuerdo de autonomía con los palestinos (OLP), le dio al Papa la confirmación de la honestidad que ponían los israelíes en el propósito de asegurar la paz.
Tan fue así, que el 13 de septiembre de 1993 se firmó el acuerdo con la OLP y el 30 del mismo mes el Vaticano suscribió con Israel el documento para un intercambio de «representantes especiales» y el 30 de diciembre se firmó el acuerdo del reconocimiento mutuo.

Esta enorme tarea que ha modificado las relaciones e importantes actitudes entre pueblos así como entre hombres de diferentes credos, se impuso gracias al espíritu ecuménico y a la sincera comprensión de un hombre: Karol Wojtyla. Nacido en la población polaca de Wadowige, convivió con niños judíos desde la escuela elemental y más tarde con integrantes de la comunidad israelita. Su mejor amigo de infancia, Jerzy Kluger, un niño judío, sigue siendo hasta hoy en día uno de sus amigos personales.
Aprendió desde aquellos días que los católicos en la iglesia y los judíos en la sinagoga estaban unidos al mismo Dios, aunque oraban en diferentes lenguajes.
Fue durante los años de la Segunda Guerra Mundial que el hoy Papa Juan Pablo II vivió las experiencias del exterminio judío y percibió en Auschwitz, quizá, el símbolo más elocuente del holocausto del pueblo de Israel. Todo ello tuvo que calar muy hondo y se ha expresado en nuestro tiempo, en esa actitud que él ha mostrado ahora al mundo.
En cuanto al acuerdo, su principal propósito es proporcionar, en el lenguaje del preámbulo, «una base válida y duradera» para el desarrollo continuo de las presentes y futuras relaciones del Vaticano y el Estado de Israel, frente al trasfondo de «la naturaleza única de la relación entre la Iglesia católica y el pueblo judío y del histórico proceso de reconciliación e incremento en el entendimiento mutuo entre católicos y judíos».
Un distinguido experto en el campo de las relaciones judeo-cristianas, el director Asociado de Asuntos Ecuménicos e Interreligiosos de la Conferencia Nacional de Cardenales Católicos de Estados Unidos, hizo notar que el lenguaje antes citado no es usual en un documento internacional: «Es claramente teológico más que legal o diplomático». Pero añade, «sus varios artículos tratan resoluciones de asuntos de principios y de relaciones prácticas pero de ninguna manera teológicas. Nunca hubo una barrera teológica, aunque hubo y hay gran susceptibilidad cristiana en relación con los Lugares Santos y a los derechos de las comunidades en lo que los cristianos llaman la Tierra Santa».
Por su parte, el doctor Nathan Lerner, experto en la protección de derechos humanos, profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de Tel Aviv, ha señalado que: «En el Acuerdo Fundamental entre la Santa Sede y el Estado de Israel, ambas partes reiteran su compromiso de respetar el derecho de religión y conciencia y de rechazar cualquiera manifestación de racismo, intolerancia religiosa, incluido el antisemitismo. Aquí el uso de dichos términos requiere clasificación: mientras que la discriminación, en función de raza y religión, está definitivamente prohibida y constituye una cuestión legal, este no es el caso con los términos intolerancia y odio. La inclusión de estas palabras en el aparato legal ha creado problemas. Su significado no es suficientemente claro. Describe una actitud subjetiva, de sentimientos y emociones, y no es fácil establecer sus implicaciones de tipo legal».
Otros aspectos establecidos en el Acuerdo Fundamental son los derechos básicos religiosos de ambos estados. Especialmente mencionados son los derechos de la Iglesia católica a llevar a cabo sus funciones religiosas, morales, educativas y caritativas en Israel; y a establecer, mantener y dirigir escuelas e institutos de enseñanza a todos los niveles, siempre y cuando sean ejercitados en armonía con los derechos del Estado de Israel en el campo de la educación.
Esta última es una medida muy importante, que debe ser considerada en relación con las disposiciones internacionales que se refieren a los derechos educativos, como aquellos mencionados en la Declaración de 1981, la Declaración Universal, los Convenios, la Convención de la UNESCO en contra de la discriminación en educación y la Declaración y la Convención de los Derechos del Niño.
También se reconoce en el Acuerdo el interés de ambas partes en la promoción de peregrinaciones cristianas a Tierra Santa y el derecho de la Iglesia católica a ejercitar su derecho de expresión mediante sus propios medios de comunicación.
En cuanto a Lugares Sagrados, el Estado de Israel se obliga a aceptar y proteger las iglesias, monasterios, conventos, cementerios u otros sitios de carácter católico.
Pudiendo aseverar que todas las disposiciones están de acuerdo a principios firmemente establecidos en el área de los derechos humanos religiosos, la firma del Acuerdo Fundamental ha logrado convertir en realidad el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas entre el Vaticano y el Estado de Israel. Así como fue afirmado por el subsecretario de Relaciones Exteriores, Iosi Beilin, «desde un punto de vista formal, nos encontramos frente a un acuerdo entre... un pequeño Estado y otro aún más pequeño. Pero su impacto traspasa los límites geográficos y toca los corazones de millones de judíos y más de un billón de cristianos a lo largo de todo el mundo. Detrás de este Acuerdo hay miles de años de historia, llena de odio, de miedo y de ignorancia -con pequeñas islas de entendimiento, cooperación y diálogo».
Por su parte, el monseñor Claudio María Cilli, subsecretario de Asuntos Exteriores del Vaticano, apuntó en la misma ocasión que «aun cuando distingue claramente entre los aspectos políticos y los aspectos religiosos del documento, la Santa Sede está convencida que el diálogo y la cooperación respetuosa entre católicos y judíos será objeto de nuevo ímpetu y energía».
Como es de suponerse, el acto de presentación de cartas credenciales a Su Santidad Juan Pablo II por parte del embajador israelí Shmuel Hadas, revistió trascendental importancia. En una parte de su discurso éste señaló: «Israel aspira a contribuir a la paz no solamente en nuestra castigada área, sino en el mundo entero; paz que los hombres y mujeres de buena voluntad desean. De ahí, que en esta oportunidad quiere mi país hacer manifestación expresa de sus sentimientos de viva gratitud a Su Santidad por su infatigable lucha, hasta el propio sufrimiento, por una paz que respete la dignidad humana y los valores fundamentales. Que Dios le conserve siempre los renovados bríos con que sale, en todo momento, en defensa de la libertad y de la justicia. La Historia sabrá juzgar su extraordinaria contribución a la paz mundial». Y prosiguió: «Deseamos que estas nuevas relaciones sean el inicio de la promoción de una cooperación sincera y generosa que permita a todos avanzar en el largo y difícil camino a la paz en todo el Oriente Medio y en Tierra Santa, en particular. Tenemos la esperanza que Su Santidad, desde su alta magistratura moral, seguirá trasmitiendo sin desmayo su mensaje de amor y esperanza en el futuro. El Estado de Israel, su gobierno y todos sus ciudadanos, judíos, cristianos y musulmanes a quienes tengo la honra de representar ante la Santa Sede, agradecen a Su Santidad su contribución, de profunda espiritualidad y de elevada fraternidad humana».
Por su parte, el Papa, en algunos de los párrafos de su respuesta expresó: «Señor embajador, le agradezco las palabras que acaba de pronunciar y que me han conmovido mucho. Como usted subrayaba, es verdad que las relaciones diplomáticas no constituyen un fin en sí mismas, sino que representan un punto de partida para una colaboración específica, teniendo en cuenta la naturaleza propia de la Santa Sede y del Estado de Israel. El estudio de diversas cuestiones bilaterales prosigue, como lo dispuso el Acuerdo del 30 de diciembre del año pasado, al instituir dos subcomisiones que deben permitirnos avanzar juntos por el camino de una colaboración fundada en bases sólidas.
«Usted ha dicho que más allá de las negociaciones bilaterales, la Santa Sede y el Estado de Israel -cada una según su competencia y los medios de acción que le son propios-, tienen que promover los principios esenciales que evoca su Acuerdo Fundamental. Ante todo, se comprometen a respetar el derecho a la libertad de religión y de conciencia, condición indispensable para el respeto de la dignidad de todo ser humano. Colaboran para oponerse a toda forma de intolerancia, cualquiera que sea el modo en que se manifieste. De manera muy especial, rechazan con atención todo antisemitismo, sabiendo que se han debido constatar también recientemente manifestaciones del mismo».
En otro aspecto de esta histórica alocución Juan Pablo II agregó: «Se ha de alentar el proceso de paz en Oriente Medio, por el que la Santa Sede formulaba votos desde hacía tiempo. El camino que hay que recorrer sigue siendo largo y arduo, pero ya no parece una utopía afirmar que puede reinar la confianza mutua entre los pueblos del Oriente Medio. Al comprobar con satisfacción lo que los responsables de Israel y de toda esa región han hecho, invoco sobre ellos la ayuda del Omnipotente, para que les sea dado proseguir sus esfuerzos con la audacia de la paz». Agregando después: «El carácter peculiar de las relaciones entre el Estado de Israel y la Santa Sede resulta muy evidente gracias al carácter único de esa tierra a la que dirigen su mirada la mayoría de los creyentes, judíos, cristianos y musulmanes de todo el mundo. La revelación del Dios único a los hombres, ha hecho que esa tierra sea santa; que lleve para siempre su sello, y no deje de ser un lugar de inspiración para los que pueden ir allí en peregrinación. De manera muy especial, los creyentes de las grandes religiones monoteístas se dirigen hacia la Ciudad Santa de Jerusalem, que, según sabemos, sigue siendo aún hoy teatro de divisiones y conflictos, pero que es un ‘patrimonio espiritual para todos los que creen en Dios’ y, tal como significa su admirable nombre, un lugar de encuentro y un símbolo de paz.
Además, es de desear que el carácter único y sagrado de esa Ciudad Santa sea objeto de garantías internacionales, que aseguren también su acceso a todos los creyentes.
Como tuve la oportunidad de escribir, "pienso en el día en que los judíos, cristianos y musulmanes, puedan intercambiar en Jerusalem el saludo de paz".

Continuará...





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