Jerusalem, Tres mil Años de Historia PI - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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Jerusalem, Tres mil Años de Historia PI

Condensados

Jerusalem, Tres mil Años de Historia
Fusiona Pasado, Presente y Futuro


(Primera de cinco partes)


Por: Sergio Nudelstejer z´l

El aire de Jerusalem está saturado de plegarias y sueños.
Yehuda Amijai (poeta).


En 1996 se cumplieron 3,000 años desde que el rey David hizo de Jerusalem su capital.
Mientras que en la Biblia, Jerusalem es el centro de la historia, en los tiempos modernos está convirtiéndose cada vez más en centro de la historia política. ¿Es éste un nuevo modo de que la importancia y la centralidad de esta ciudad se imponga al mundo?
Jerusalem -la Ciudad Santa- ocupa un lugar muy especial en el corazón de hombres y mujeres del mundo entero. Los importantes acontecimientos de que ha sido escenario crearon la base de la civilización occidental. Fue en ella donde se pusieron los cimientos de la fe monoteísta: primero en el judaísmo, más tarde en el cristianismo y en el islam.
Es difícil pensar en Jerusalem tan sólo como ciudad del presente. El visitante menos inclinado al misticismo no puede evitar su asombro y estremecimiento cuando observa las colinas de Judea, el Monte de los Olivos o pasea por las angostas y tortuosas callejuelas de la Ciudad Vieja, con sus conmovedoras asociaciones históricas. Jerusalem es El Kuds, la Santa, para los musulmanes; la Ciudad de la Paz, Yerushalaim, y la capital desde los tiempos del rey David, para los hebreos; es el lugar de la Pasión y de la Crucifixión de Jesús, para los cristianos.
Es así, pues, como Jerusalem se encuentra, de modos distintos, en los orígenes de las tres grandes civilizaciones diseminadas por todo el orbe, que han ejercido considerable influencia en el curso de la historia y en la cultura de un gran sector de la humanidad. El vínculo con Jerusalem, lugar de revelación divina, ha entrado así en el patrimonio cultural y religioso de numerosas naciones. Sin embargo, el valor de ese lazo se ha comprendido de modos muy diversos. Peregrinaciones, veneración religiosa, intereses políticos, son, todo ello, expresiones de unión con esta ciudad con la que se enlazan Oriente y Occidente.
Jerusalem se erige sobre una cresta entre las fértiles montañas y valles que conducen al mar Mediterráneo y las temerarias expansiones del desierto. A la distancia, cuando el sol se pone sobre la ciudad, sus murallas y edificios de piedra reflejan los colores rosa y oro. Durante siglos, hombres de todas las razas y religiones lucharon por dominar sus estrechas callejuelas, aspirar el aroma de sus atiborrados mercados y servir a Dios en sus templos, iglesias y mezquitas. Jerusalem era un premio deseado.
Arqueólogos e historiadores han investigado el misterio: ¿Cuándo fue construida por primera vez la ciudad de Jerusalem? La evidencia más antigua fue encontrada en Egipto, cuyos faraones gobernaron la mayor parte de la cuenca mediterránea en los albores de la historia. Se trata de una colección de restos de vasijas de arcilla que datan de alrededor de 4,000 años atrás en la que puede leerse la palabra «Jerusalem». Fueron precisamente los egipcios quienes consideraron a la ciudad como de su propiedad durante siglos. Posteriormente éstos fueron expulsados, y cuando los israelitas llegaron al país, estaba en manos de uno de los grupos cananeos, los jebuseos. Durante más de dos siglos, Jerusalem fue una fortaleza jebusea, uno de los pocos centros cananeos reinantes en el país. Alrededor del año 1,000 antes d. E.C., el rey David conquistó finalmente Jebus y restauró su nombre por el de Yerushalem, Jerusalem.
Aparece también en el escenario de la historia escrita, en el tercero y segundo milenio a. de la E.C. bajo los nombres de Urusalem (acadeo) y Urushamen (egipcio). La Biblia la menciona por primera vez en el Génesis, capítulo XIV, en donde se relata cómo Abraham es bendecido por Malchizedek «rey de Salem», a su regreso de una campaña militar.
David, que inició su reinado en Hebrón, veía en Jerusalem la capital ideal para Israel, por múltiples y convergentes razones: ventajas estratégicas, de clima, comerciales y su posición geográfica dominante con relación a las tribus del norte y del sur. Con ella neutralizaba la tradicional rivalidad entre las tribus de Judah y Efraím por el liderazgo nacional. Fue en el siglo X antes de la era común cuando unifica al pueblo y proclama a Jerusalem como su capital.
Flavio Josefo, testigo y cronista de la época, descendiente de una familia sacerdotal, describe a Jerusalem en su libro «La guerra de los judíos»: Fortificada con tres murallas, la ciudad estaba rodeada de ellas, excepto por donde estaba protegida por barrancas intransitables, pues allí había un murallón solo. Dividíase la misma en dos partes, una frente a la otra, y estaba construida sobre dos colinas, separadas por un barranco intermedio, en el que terminaban las casas, adosadas unas sobre otras. De las colinas, aquella en la que se asentaba la Ciudad Alta era mucho más elevada y más recta a lo largo; por esto -por su sólida posición- fue llamada 'fortaleza' por el rey David, mientras que nosotros la llamamos 'plaza superior'. La otra colina, la llamada Akra, de base curva, en forma de una creciente, servía de asiento a la Ciudad Baja. Enfrente de ésta había una tercera colina, más baja por naturaleza que la Akra, de la que estuvo separada antiguamente por otro amplio barranco; pero más tarde, durante el reinado de los hasmoneos, éstos no solamente terraplenaron el barranco -con el propósito de juntar la ciudad con el templo-, sino que además, a fuerza de trabajos redujeron la altura de Akra, con el fin de que también por encima de ésta se dejase ver el templo». En resumen, sería un centro perfecto para el nuevo tipo de Estado que David visualizaba.
Uno de los primeros actos de este rey, después de conquistar Jerusalem, fue transferir el Arca de la Alianza, donde se encontraban las Tablas de la Ley que Dios entregó a Moisés, a la ciudad de Jerusalem. Al traer el Arca de la Alianza a esta ciudad, David garantizó el papel de Jerusalem como centro político y religioso del reino.
Su tarea no concluyó ahí. El arca aún reposaba en una tierra de nómadas. El sueño de David, de erigir un santuario digno de ese imperecedero legado divino, no pudo sino ser realizado por su hijo, el rey Salomón.
La ciudad de David era pequeña, con unos pocos de miles de habitantes. Estaba construida sobre las laderas bajas de los montes y las casas abrazaban el monte; cada calle miraba a la siguiente. El palacio de David fue construido característicamente en la zona superior de la ciudad. Por la topografía del lugar, explica la historia bíblica, fue que el rey David caminando por la terraza de su palacio vio debajo suyo a una bella mujer bañándose en su terraza. Es así como el nombre de Batsheva, y la historia del adulterio, seguido por el asesinato de Urias, su marido, por órdenes reales, ha aparecido en todos los tiempos como una mancha en el nombre de David. Ya en los días de este rey, el hecho provocó un escándalo por el que la gente estaba enfurecida a causa de su flagrante abuso del poder.
Cerca del final de su vida, después de una plaga desastrosa que produjo enormes pérdidas al reino, David decidió erigir un altar a Dios. Se dirigió a Araunah, el último de los reyes jebuseos que aún vivía en Jerusalem y le compró un amplio terreno en el monte Moriah con vista a toda la ciudad. Moriah parece haber sido un antiguo sitio sagrado y de hecho fue allí donde se construiría el templo, pero no fue David quien lo hizo. De acuerdo a la tradición, las manos del rey estaban manchadas de sangre, porque era un guerrero. El Templo tendría que aguardar hasta que un hombre de paz reinase en lugar de David.
Durante los 40 años de su reinado, el rey David creó un extenso y poderoso reino más allá de las desnudas áreas tribales que había heredado. La grandeza de sus logros perdura en la historia y en la conciencia del pueblo judío, como la figura del constructor y del rey, que supo unir a los hombres y darles una ciudad. Se le conocía, por ello, como la Ciudad de David. A partir de ese momento, hace tres mil años, Jerusalem ha sido la Capital del Estado Judío, cuando lo hubo: hasta la destrucción del Primer Templo, en 586 antes de la E.C.; hasta la destrucción del Segundo Templo en el 70 antes de la E.C.; y después del establecimiento del Estado de Israel -un año más tarde- en 1949.
Jerusalem no preside una zona de riqueza ni tiene puerto estratégico alguno, pero impresiona por su paisaje imponente, que llama a la meditación y a la paz espiritual. Tiene un color y un clima que se caracteriza por ser cálido y seco, con noches frescas como lo es también su aire límpido. En esa ciudad han morado reyes, filósofos y profetas, que llamaban continuamente al pueblo a una vida espiritualmente digna, con fe, en una escala de valores diferentes a los del mundo bárbaro y pagano que le circundaba.
Resulta interesante descubrir que Jerusalem es mencionada en la Biblia 656 veces. Los sabios talmudistas usaron no menos de 70 nombres diferentes para calificarla, entre ellos: la Ciudad de la Paz, la Ciudad de la Justicia, la Ciudad de la Eternidad y también la Ciudad de la Verdad.
Jerusalem, durante su milenaria historia, fue destruida 17 veces. Pero jamás dejó de ser el corazón y centro de toda la existencia del pueblo hebreo.
Es verdad que existen numerosas ciudades antiguas en el mundo, que, con justa razón pueden enorgullecerse de su gran pasado; hay ciudades con un gran presente y con asombrosos planes para el futuro. Pero existe un solo lugar, Jerusalem, donde el pasado, el presente y el futuro se fusionan en un solo conjunto.
Caminando por las calles y callejuelas de Jerusalem, no se necesita ser visionario o poeta para percibir que el sueño se hizo realidad, pisando en las huellas de los profetas, sacerdotes y reyes, que crearon, cantaron y oraron en la Ciudad de la Paz, que ha sido y sigue siendo pasión y símbolo de la humanidad.

Continuará…




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