Jerusalem, Tres mil Años de Historia P V - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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Jerusalem, Tres mil Años de Historia P V

Condensados

Jerusalem, Tres mil Años de Historia
(Última de cinco partes)


Por: Sergio Nudelstejer

Hay ciudades que acogen a los hombres con amabilidad, otras con rechazo. Hay ciudades imponentes, otras que con sencillez muestran sus bellezas. Mas hay ciudades que se van modelando conforme pasa el tiempo, y se erigen en centros que marcan una huella tanto en la geografía, en la historia como en los hombres, Jerusalem es una de ellas.
Cuando uno entra a la actual Jerusalem, es sorprendido por una ciudad real y dinámica, una colmena en plena actividad y desarrollo. Hay en ella nuevas y hermosas avenidas y nuevos edificios, intrigas y crisis políticas y diplomáticas, conciertos, exposiciones de arte, museos  y festivales, confrontaciones sociales y religiosas, teatros, restaurantes y bares, manifestaciones y congresos internacionales, templos y monumentos. En fin, todo lo que conforma una milenaria-moderna capital.
Es también una ciudad de cultura. Era claro para muchos de sus pensadores e ideólogos que junto al retorno físico de la nación a su tierra, debía producirse un renacimiento cultural que llenara de contenido la nueva existencia nacional. Forma sin contenido no era suficiente. Una nueva cultura debía desarrollarse como parte del renacimiento nacional. En ese sentido, Jerusalem es sin duda una ciudad muy rica. La Universidad Hebrea del Monte Scopus es probablemente el mayor centro de estudios judaicos del mundo. La Biblia, el Talmud, la historia, la literatura, la filosofía y el folclor judíos son estudiados allí de acuerdo con los más altos criterios académicos y con un profundo compromiso hacia la continuidad judía. Existen también muchos centros de estudios tradicionales (Yeshivot) y otras instituciones en las que la cultura judía es examinada desde un punto de vista no tradicional.
Jerusalem es también el hogar de otras grandes instituciones culturales. Comparte con Tel Aviv la hegemonía cultural de Israel.
El Museo de Israel, ubicado frente al imponente edificio del Parlamento (Knesset), fue inaugurado en 1965. Es la sala de exhibiciones más grandes del país. La sección arqueológica es una de las más ricas conteniendo hermosas piezas precolombinas originarias de América Latina, inclusive de México. Alberga también uno de los más importantes hallazgos del siglo XX: Los Rollos del Mar Muerto, antiguos rollos hebreos descubiertos casualmente que nos revelan amplia información sobre la historia del periodo del Segundo Templo (520 a.E.C. - 70 E.C.), particularmente desde el segundo siglo a E.C. hasta la destrucción del Segundo Templo en el año 70 E.C, un tiempo de hechos culminantes para la cristalización de las religiones monoteístas. El museo también se enorgullece de sus secciones de Etnografía y de su sección de Judaica que reúne objetos de todo el mundo hebreo.
En un lugar céntrico de Jerusalem se encuentra la Escuela de Arte Bezalel. Esta fue la primera institución artística del país dedicada a la búsqueda de un arte que exprese el espíritu y las ideas nacionales. La Escuela de Arte acaba de mudarse al Monte Scopus y hace tiempo que se apartó del localismo puramente nacional, capacitando a los jóvenes artistas en todas las técnicas que ofrece el mundo moderno.
Oculta bajo las sombras de la muralla de la Ciudad Vieja de Jerusalem se encuentra la Cinemateca, albergue de los archivos cinematográficos de Israel. Centrada en general en las producciones realizadas en Occidente, provee un prisma a través del cual puede observarse la cultura internacional. Al mismo tiempo, posee un carácter propio y especial al ofrecer un marco para la revisión y creación de cine contemporáneo.

Lo nacional y lo internacional interactúan en estas instituciones artísticas que son sólo tres de las muchas ubicadas en esa ciudad.
Jerusalem es sobre todo una ciudad de recuerdos. Innumerables recuerdos la recorren. Han tenido lugar en ella tantos hechos significativos durante los milenios de su existencia que no es de sorprenderse por la cantidad de sus sitios históricos. La Ciudad Vieja, en particular, está llena de recuerdos históricos de los diferentes periodos del pasado. Numerosos pueblos y personas se relacionan con recuerdos diferentes y la Ciudad Vieja ofrece suficientes para todos.
Una caminata desde la puerta de Yafo hacia el corazón del mercado árabe (shuc) y derecho hacia el área sudeste cerca del Muro Occidental y las mezquitas, o bien un paseo por la Vía Dolorosa, resulta un viaje por una de las más impresionantes civilizaciones, un «camino por el recuerdo». Pero no sólo en ese sentido Jerusalem es una ciudad de recuerdos.
Jerusalem es una ciudad de recuerdos en un sentido más profundo. Jerusalem es una ciudad que recuerda, una ciudad en la que la acción de recordar ha sido institucionalizada. Algunas veces en forma de parques y jardines, plantados para recordar a una persona fallecida o a una figura importante en la historia. La ciudad cuenta con muchos de esos, que son a la vez verdes oasis para sus pobladores o visitantes. A veces la recordación o conmemoración reviste formas más amplias. Uno de los montes al oeste de la ciudad es denominado el Monte del Recuerdo (Har Hazicarón) donde han encontrado reposo eterno distinguidas personalidades políticas y líderes de esta nación.
Más abajo de la colina se encuentra el impresionante Museo del Holocausto que lleva su nombre en hebreo: Yad Vashem. No habrá sido fácil para Israel o para quienes lo erigieron, decidir cómo recordar el Holocausto. Las formas de recordación fueron variando con el transcurso del tiempo. La actitud frente a las víctimas del nazismo no resultaba fácil. Junto al Museo Histórico y a la Sala de Recordación, elementos nuevos han sido incorporados, reflejando una nueva tendencia.
Se encuentran dos grandes monumentos conmemorativos que fueron agregados en los últimos años. Uno es el Santuario del Niño, que recuerda el millón y medio de niños judíos muertos durante la última Guerra Mundial. El segundo es el Valle de las Comunidades, en memoria de las muchas comunidades israelitas que fueron destruidas durante el Holocausto.
Además de ser Jerusalem una ciudad donde la gente recuerda, es también una ciudad de paz y guerra. Ya su nombre fue interpretado como «Ciudad de la Paz» y esa idea ha sido anunciada por todos los confines de la Tierra. Pero en el corazón de la ciudad descansa una paradoja. Si bien Jerusalem es símbolo de paz, es verdad también hablar de ella como una ciudad que ha sufrido innumerables guerras. Incontables batallas han tenido lugar en aras de Jerusalem; mucha violencia ha tenido lugar en la ciudad desde los inicios de la historia. Más de una vez fue totalmente destruida, pero después vuelta a renacer.
Es una ciudad que ha sufrido la destrucción y que constantemente ora por la paz. Y no es paradójico. Está ahí la Biblia, el Libro de los Libros, así como la Historia Universal que lo relatan. Es a la vez una ciudad difícil, dura, a veces amable, luminosa, soleada, otras incluso brutal. Habiendo sido unificada oficialmente en 1967, a partir del comienzo de lo que se ha dado en llamar la Intifada en 1987 parecería que tal unidad es más imaginaria que real. La Jerusalem árabe y la Jerusalem judía son dos mundos diferentes, por lo menos en el presente. Hay demasiada enemistad y temor a nivel de la vida cotidiana -y con razón-, a la vez que la mayoría de los jerosolimitanos preparan sus mapas mentales dividiendo la ciudad en «nuestra» y «de ellos», estableciendo sus rutas de viaje de acuerdo con esta división. Esta es difícilmente la realidad de una ciudad de paz. «Ellos dicen... «paz»; «paz» y no hay «paz», grita el profeta Jeremías, con temor y frustración. Ahora, como entonces, para esa ciudad la paz sigue siendo un ideal, algo que debe ser alcanzado.
Lo que llama la atención al visitar Jerusalem es su gente. Es un crisol de inmigrantes. Es el sueño de un antropólogo -una ciudad muy mezclada, con diferentes nacionalidades, religiones y grupos étnicos, empujándose unos a otros en las calles y en sus callejuelas. Casi 70 por ciento de los cerca de 600,000 habitantes de la ciudad son judíos. Treinta por ciento restante se divide entre cristianos y musulmanes. Casi cada denominación cristiana o musulmana está representada de algún modo en este gran mosaico de población.
A la vez, casi toda la parte judía de la ciudad está constituida por pequeños barrios cada uno de los cuales tiene su carácter y población particular. Esto es consecuencia del crecimiento en etapas de la ciudad que se fue desarrollando barrio a barrio desde mediados del siglo XIX. Muchos de los barrios (y es importante entender que un barrio en Jerusalem pueden ser unos cuantos edificios construidos alrededor de una plaza) fueron edificados por un grupo étnico o una comunidad en particular. Como resultado, a medida que la ciudad fue creciendo hacia las nuevas áreas a finales del siglo pasado y comienzos de éste, lugares específicos fueron identificados con sectores particulares de la población.
Con la inmigración masiva de los años veinte y treinta y el posterior establecimiento del Estado de Israel en 1948, la ciudad fue creciendo acorde a un modelo completamente diferente. Quien la recorre con los ojos bien abiertos podrá apreciar ese crisol de hombres, mujeres y niños, y escuchar el sonido de diferentes lenguas, sobre las cuales prevalece, como es natural, el idioma oficial del país, el hebreo.
Uno más de los aspectos que despierta el interés es la dimensión religiosa de la ciudad. Pero es también una ciudad de religiones, cosas que no son necesariamente iguales.





Primero y principalmente es una ciudad cuya importancia y significado se basa en los sentimientos religiosos que ha despertado en diferentes grupos humanos a lo largo del tiempo. En este sentido es una ciudad religiosa.
Es también una ciudad de religiones. Existen otras ciudades que tienen un importante significado religioso para determinados grupos o sectas. Roma y La Meca son ambas ciudades de importancia fundamental para cristianos y musulmanes. Pero Jerusalem es diferente. En Jerusalem tres religiones conviven una con otra.
Hay lugares que tienen el poder de evocar fuertes emociones. Jerusalem es uno de ellos. Sea por su santidad genuina o por los miles de años de creencia y asociaciones religiosas que le han dado al lugar un aura de santidad, el resultado es el mismo. Este es un lugar donde personas de diferentes credos sienten una poderosa presencia espiritual y una cercanía a Dios.
Prevalece en ella la plena libertad religiosa y los santuarios de las distintas religiones son preservados y permanecen abiertos para todos. La visita a Jerusalem entraña una profunda experiencia espiritual, especialmente para aquellos que buscan la conexión con las raíces de su fe y de su historia.
Hoy en día, Jerusalem es una ciudad de extraordinaria hermosura y la digna capital de Israel. Una de las más bellas y únicas ciudades y quizá la más impresionante y conmovedora del mundo. Es una ciudad única por muchos motivos. Es un mosaico rico, no solamente de las civilizaciones que allí fueron dejando su huella, sino en lo que la han convertido los judíos que han retornado a ella, de todos los rincones de la diáspora.
La belleza de Jerusalem es sobresaliente. «Diez medidas de belleza le tocaron al mundo; nueve para Jerusalem y una para el resto del mundo». (Kidushim, capítulo 2).
«Y yo, Juan, vi la Santa Ciudad, la Nueva Jerusalem, descendida de Dios en el cielo, adornada como una novia». (Nuevo Testamento, en Revelaciones, capítulo 2-2).
Mahoma exclamó: «Oh Jerusalem, elección de Alá, de todas sus tierras... El rocío que desciende sobre Jerusalem cura cualquier enfermedad, pues procede de los jardines del Paraíso. (En La Hadit, ley musulmana).
Para las celebraciones del fausto acontecimiento de los tres mil años de Jerusalem, se ha anunciado una amplia serie de actividades culturales, artísticas, musicales, etcétera, que iniciándose el 4 de septiembre de 1995 se prolongarán durante un año, recordando así la fundación de la ciudad de David, una ciudad que no permite que quienes la visitaron y recorrieron puedan olvidarla.






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