Gog y Magog - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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Gog y Magog

Condensados

Ideas al viento

Gog y Magog

Por: Jacobo Königsberg

En estos tiempos que corren sé que más de cuatro anhelan tener un globo de Cantolla imaginario, que los transporte a otros mundos, porque como está nuestro planeta plagado de humanos y males, difícilmente encuentran un recoveco, trinchera o cueva donde resguardarse, amenazados como estamos de tantos redentores que, en cada esquina, nos venden la pócima salvadora para las dolencias del cuerpo, del espíritu o de la agujereada bolsa del pantalón.
Hoy elevé mi globo sigilosamente, esquivando misiles teledirigidos, bombas de racimo y fuego antiaéreo y llegué felizmente a la Ideósfera.
Haciendo lo que ya es rutinario extendí mi red caza-ideas y, mientras esperaba que alguna cayera, saco mi catalejo mágico lagunillense y me lo pego al ojo. Ante mi asombrada mirada surgieron cientos de lomos de libros, grandes y voluminosos, acomodados en pesadas estanterías, tenuamente iluminados por velas que proyectaban agigantadas sombras de personajes que, sentados alrededor de una maciza mesa sosteniendo cada uno un libro de diferente tamaño y grosor, discutían acaloradamente. Todos vestidos de negro, con el rostro adusto asomándose entre tupidas barbas y largos aladares grises y blancos, con la cabeza cubierta por gorros de seda negra de un palmo de alto.
En un calendario judío alcancé a distinguir entre las letras hebreas el número 1812, que designa el año de la era común que transcurría. Atendí a la discusión en Ydish y al cabo de algunos minutos comprendí, al fin, de que se trataba. Era algo profundo y complicado de raíz bíblica e interpretación cabalística, aplicado al momento histórico del que era testigo: Napoleón estaba a las puertas de Moscú.
¿Qué relación tenía este hecho con la Biblia y la Cábala? aparentemente ¡nada! pero los ahí congregados si lo sabían.
Rusia, la tierra de las estepas, situada remotamente muy al norte de Israel, era designada en algunos textos como Magor y ahí se enfrentaban dos ominosos ejércitos, el del emperador Napoleón y el del zar Alejandro. Alguno de los dos sería Gog, el sanguinario rey mencionado por el profeta Ezequiel en su capítulo 38. Este déspota y sus temibles huestes, derramarían tal cantidad de sangre que acabarían embriagados de ella. Las descripciones de su ferocidad, que escuetamente hace el profeta le enchinan el cuero al más valiente. Por supuesto que la sangre del pueblo de Israel también corría a raudales.
La época de la aparición del sanguinario Gog, era la que precedía inmediatamente a la llegada del Mesías, y los rabíes presentes deseaban ardientemente su llegada, la habían anhelado desde la infancia y ellos ya estaban en sus últimos días. ¿Qué hacer para apresurar la llegada del ungido? Los rezos (tefilot) podrían influir en su llegada, pero había que pagar un precio terrible: sería una época de calamidades sin fin, de corrupción y violencia nunca vista y de un vandalismo atroz. La cantidad de sangre derramada haría que los hombres chapotearan hasta las rodillas en ella.
Eso es lo que discutían los tzadikim (justos) congregados. Varios pensaban que Napoleón era Gog. Apoyarlo por medio de la tefilá era correr un riesgo inmenso, significaba la emancipación de los judíos, su bonanza material pero también su posterior sacrificio, lo que propiciaría la llegada del anhelado Mesías. En cambio pedir al Altísimo por el zar Alejandro, era hundir a los judíos en la opresión y la miseria.
Comprendí cuan difícil era su decisión. Los rabíes que apoyaban a Bonaparte eran el «Joize» (vidente) de Lublin (rav Yakov Itzjok Horowitz), el «Maguid» (predicador) de Kozenitz (rav Israel Hofschtein) y rav Méndele de Rimenov.
En contra estaban rav Naftalí Tzvi de Ropschitz que estaba en favor del zar y suponía que Napoleón traería la liberación y la posible asimilación de las masas judías al Occidente. Fue el ravi de Ropschitz quien convenció a rav Méndele, de quien decían que su rezo daba las victorias a Bonaparte, de que cambiara de bando y, al entrar los franceses a Moscú, dejó de pedir por el buen éxito de sus empresas y, según sus discípulos, marcó el fin de la buena racha del corzo.
Esto sucedía en 1812 cuando las batallas de Austerlitz, Borodino y la posterior retirada francesa en el invierno ruso, con sus decenas de miles de muertos, parecían marcar el principio del «Ajrit ha'Yamim», el final de los días y el nacimiento de la era mesiánica, al grado de que ya se reestudiaban los ritos para los sacrificios en el Bet-Ha'mikdash, el templo de Jerusalem, que milagrosamente se reconstruiría.
¡Oh! cuan maravillosa es la fuerza de la fe. Era tan poderoso el anhelo de que llegara la redención, y los creyentes estaban tan ansiosos y tan seguros de que no tardaría en llegar que, como quien espera al ser amado, no pasaba minuto sin que pensaran en la venida del Meshiaj, al grado de que, si había una algarabía inusual en la calle, salían corriendo preguntando si «Él» ya había llegado.
Bonaparte fue derrotado, remitido a la isla de Elba y posteriormente a la de Santa Elena donde murió y el deseado ungido, el hijo de David, no llegó.
Retiré el telescopio de mi ojo, lo comprimí y guardé en su estuche, pensativo dirigí mi vista al inmensurable espacio de la Ideósfera:
Hace casi dos siglos que aquellos justos varones, testigos de las campañas napoleónicas vieron, más que espantados, los multitudinarios movimientos de tropas jamás antes vistas y las atroces carnicerías resultantes de sus enfrentamientos en los campos de batalla. Desde entonces las guerras no han cesado, las matanzas han sido cada vez más terribles. Los cientos de miles de víctimas de los actos bélicos del Siglo XIX, crecieron a decenas de millones de los del Siglo XX, en los que no se distinguía entre soldados y civiles, ni entre hombres y mujeres, niños o viejos. Ya no se diferencian las trincheras de los hogares, los carteles de los hospitales. Todo es campo de batalla, un muro o un niño son parapeto, un obús o un ingenuo muchacho pueden ser portadores de una bomba. El potencial destructivo se ha multiplicado sin límites, ciudades, construcciones elevadas o subterráneos pueden ser arrasadas y todo cuanto se mueve puede ser calcinado con precisión desde el espacio y, del Mesías ni sus luces. La Gueulá (la redención) que hace dos siglos parecía tan cercana, hoy cada día parece más remota.
La red caza-ideas se agitó. Metí la mano para sacar el trofeo y apareció una extraña palabra «teratología» el estudio de los monstruos, las deformaciones o monstruosidades.
Indiscutiblemente, sin explicación, pensé en todos los que causaron mal, destrucción y derramamiento de sangre. ¿No fueron (y son) monstruos? y lo irónico es que todos los libros de historia se ocupan de ellos como si fueran los salvadores, los héroes, los grandes próceres dignos de veneración, cuando sólo han sido Gog y han transformado a todo el planeta en Magog.
Quizá sería mejor que los libros de «Historia Universal» se llamaran manuales de «Teratología Universal», compendio de todas las monstruosidades de que es capaz la humanidad.
El gas ilusión que eleva el globo amenazaba con agotarse. Decidí, colmado de desilusión descender al planeta Tierra, exponiéndome al choque con algún artefacto de cohetería a que son tan aficionados los humanos.






Ideas al viento

Gog y Magog
(Segunda parte)

Por: Jacobo Königsberg

Hoy elevé mi globo de Cantolla imaginario sin mucho entusiasmo. No es la primera vez que esto sucede, pero frente al desgano se yergue el hábito y este ordena que, cada final de mes debe ponerse a flote el globo, e inmediatamente activa la rutina que se encarga automáticamente de los aspectos técnicos.
Heme aquí pues, flotando casi contra mi voluntad, con todos los implementos y aparejos dispuestos convenientemente, según lo ordena la rutina. Apoyándome con una mano en el pasamanos de la barquilla y sujetándome de una amarra con la otra, miro entre adormilado y distraído el paisaje: calles y avenidas colmadas de vehículos que, como escarabajos se mueven ordenadamente en filas interminables. Techos y azoteas de casas, edificios y grandes instalaciones industrializadas y de almacenamiento, parques, jardines y campos. Desde la altura se ven cultivados éstos y construidos aquéllos con amor y sabiduría, aparentando remansos apacibles y armoniosos. Aunque sabemos que entre ellos hay junglas donde suele encontrarse un hervidero de seres hambrientos de todo, de cosas, de riqueza, de poder, de placer, de honores. Seres capaces hasta del crimen con tal de saciar sus incontrolables apetitos.
En este punto descubrí la razón de mi desgano para volar y penetrar otra vez en la Ideósfera. De pronto comprendí cuan débil es la palabra frente a los apetitos y a la ambición insaciable. Por un momento sentí que ni vaciando a aquella prodigiosa esfera de todo su contenido de ideas buenas y morales, podría oponerme con éxito a la brutal embestida de apetitos y ambiciones.
Si así es ¿para qué seguir incursionando en ella? ¿para qué extraer de ella conceptos que se estrellarán contra la solidez inamovible de los hechos?
Atribulado por estos y otros pensamientos semejantes, no reparé que el globo había entrado a la Ideósfera. Distraídamente saqué mi telescopio mágico que adquirí en la Lagunilla y me lo pegué al ojo. Asombrado vi una plaza cuyos límites se perdían en el horizonte. Cientos de miles de cascos de acero parecían empedrarla, formando un pavimento metálico que la ocupaba casi en su totalidad, formando filas perfectamente alineadas cuyos puntos de fuga se perdían en el infinito, tiñendo el gran plano de un gris verdoso propio de los uniformes militares.
Eran las huestes de Gog. Este (cuyo nombre ha de borrarse) subido en una alta tribuna, rodeado de pendones, las arengaba, mientras en el perímetro de la plaza una multitud lo vitoreaba. Gog, el advenedizo, surgido de los sedimentados detritus del odio cultivado y acumulado por siglos, hablaba extasiado por sus propias palabras, seguro del papel providencial que en la historia tenía, pues había logrado reunir en un tiempo récord ejércitos poderosamente aunados, apoyado por los jefes políticos, capitanes de la banca y la industria y los sacerdotes de Magog, que lo ensalzaban y bendecían; todos ávidos, hambrientos de poder, riqueza y honores, sedientos de placer y disipación. La masa que lo vitoreaba, la masa de Magog, no deseaba otra cosa y sus millones de soldados sin rostro, encasquetados en sus hemisferios de acero ¡también!
¿Qué profeta con palabras de amor al prójimo osaría oponerse a tan contundente demostración de fuerza y poderío? Un profeta desarmado predicando tolerancia y mesura daría lástima, mientras Gog, el implacable profeta pregonando odio y muerte, provocaba veneración, cuando no pavor.
Pronto sus ejércitos se desparramaron por el viejo mundo sembrando muerte, destrucción y desolación nunca antes vistos, como plaga de langosta que marchita los campos. Sus acorazados corceles motorizados, con cientos de caballos de tuerza, rechinando y tronando cubrieron las planicies. Como las nubes que cubren la Tierra, ensombrecieron de miseria y dolor al continente. Pronto las tropas de Magog con saña desfogaron su odio ancestral en los hijos de Israel y bebieron su sangre hasta embriagarse.
¿Qué sabias palabras hubieran logrado aplacar su saña? ¿Podría alguien hacer entrar en razón a un enloquecido pueblo henchido de prepotencia, envanecido por sus victorias?
Ninguna palabra, ningún argumento lógico, ninguna apelación a la cordura y a la ética los haría frenar sus instrumentos y máquinas de destrucción, tan sólo provocaría carcajadas de desprecio. Pero el odio genera odio, el mal y el fuego, fuego. Pronto llovió fuego sobre Magog, cimbrándolo hasta sus entrañas y Gog (cuyo nombre ha de ser borrado) se consumió calcinado.
Algunos de sus lugartenientes fueron colgados y uno de ellos, Julius Schtreicher, gritó al pie de la horca antes de ser ejecutado en el día 16 del mes de octubre del año de 1946 de la era común:
- ¡Purim fest! - en clara alusión a la fiesta de Purim, en que se festeja la sobrevivencia del pueblo de Israel, después del amago de destrucción por Hamán en Persia hace más de 22 siglos. Esta vez no hubo festejos, tan sólo lloró por más de cincuenta millones de asesinados, seis de ellos judíos.
Las profecías sobre Gog, Magog y el pueblo de Israel volvían a cumplirse, repitiéndose una vez más ante nuestra perpleja mirada. Ashur, Babel, Persia, Grecia, Roma, etcétera, etcétera y etcétera. Una y otra vez lo mismo. Los sangrientos tiranos y sus ominosos imperios surgen, se elevan y desaparecen. Siembran destrucción y muerte, derraman la sangre de Israel y decenas de pueblos más, consumen ciudades en enormes hogueras y al fin perecen calcinados en ellas.
En la Hagadá (relato y glosa del Éxodo hebreo de Egipto) se dice: «En cada generación se levantaron contra nosotros para exterminamos, y el Santo Bendito Sea nos salvó de sus manos».
El piadoso asienta agradecido, el racionalista busca las causas geopolíticas y económicas y yo, escéptico, veo asombrado caer la cabeza de Gog.
- ¡Es la magia judía! - gritan los supersticiosos. Pero la única magia es resistir, bregar y tener fe, sabiendo que «alguien» surgido de quien sabe donde, llegará y abatirá al tirano y sus sicarios, cumpliendo así designios que están más allá de nuestra comprensión.
Quien es malo e injusto con un pueblo débil y disperso, es malo e injusto con otros muchos pueblos y con el suyo propio, a los que sojuzga y oprime, ganándose el odio de todos. La suma de injusticias y odios puede ser tanta, que al final caerá sobre la cabeza del déspota como lluvia de piedras y acabará por destruirlo.
Esta es la simple ecuación que despeja el misterio de Gog y Magog. El misterio es que no hay misterios. Cuando los poderosos aprendan a no excederse en el uso de su poder, a ejercerlo con tolerancia, mesura y discreción, a usar la sabiduría más que abusar de la fuerza, entonces no renacerá Gog y su cabeza no tendrá que rodar, ni regresará como sus predecesores a los anales de la Teratología Universal, la triste historia de las monstruosidades humanas. Pero, cuando nadie sea poderoso (como opresor) las hojas de esos anales estarán en blanco.
Tranquilo guardé el catalejo, recogí los aparejos y me alisté para descender. Cosa que hice sin novedad.








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