El Pentateuco de Isaak - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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El Pentateuco de Isaak

Condensados

El Pentateuco de Isaak

De: Angel Wagenstein

Traducción del búlgaro: Iako Behar

«Si Dios tuviera ventanas;
hace mucho que la gente le hubiera roto los vidrios»

DATOS SOBRE EL AUTOR

Nace en 1922 en Plowdiw en el seno de una familia judía. Vive en París durante su infancia, junto con sus padres; después de una amnistía política la familia regresa a Sofía, Bulgaria.
Durante su vida de estudiante en la secundaria y más tarde en la preparatoria, denota mucha actividad en grupos de juventud y eventos sociales. En 1941 se une a los Partisanos y después de realizar varios actos de sabotaje es arrestado. Lo confinan en un campo de trabajos forzados, del cual logra escapar uniéndose nuevamente a la guerrilla. Debido a una denuncia, nuevamente es arrestado, torturado y condenado a muerte. Debido al rápido avance del ejército soviético, la condena nunca se realiza.
Después de la guerra estudió dirección cinematográfica en el «Instituto Superior del Film» en Moscú y es autor de más de veinte guiones cinematográficos, filmados en Bulgaria, La Unión Soviética, Checoslovaquia y Grecia.
Los estudios cinematográficos búlgaros DEFA, realizaron una película basada en su guion «Estrella», la que recibió entre otros premios, el «Especial del Jurado» en Cannes, Francia.

EN VEZ DE PRÓLOGO

Esta obra, dicha con el perdón de la palabra, no es más que una grabación de recuerdos y pensamientos ajenos, porque aparte del título no he inventado nada más. Cualquier intromisión mía en la narración sería como añadir un litro de vinagre en un barril con buen vino y cualquier adorno sería como una pizca de sal y levadura que podrían adulterar el sacro pan de Pascua. Todo lo que leerás más adelante, mi caro y desconocido lector, hasta las más inverosímiles curvas y cabrillas en la suerte de Isaac Blumenfeld me fueron contadas por él mismo en el Club Ruso, un restaurante conocido y de prestigio en Sofía, Bulgaria y más tarde en su casa de Viena, Margaretenstrasse 15.
El Sr. Blumenfeld exportaba para una empresa búlgara máquinas de coser y algún equipo para la confección. El sólo me buscó porque vio por la televisión en algún lugar de occidente una película sobre la suerte de los judíos, hecha en base de un guion mío. Agradezco a la casualidad por ese encuentro, porque ella me enriqueció con una nueva amistad. ¿Con qué puede enriquecerse uno, si no es con la amistad, con amor y sabiduría?
Agradezco también personalmente a Isaac Jacob Blumenfeld, quien no dejó de maravillarse del interés que yo tuve por su vida. Le agradezco las cartas salvadas y los pocos apuntes de sucesos, documentos y fotos que atestiguan la ignominia de una época y de que nunca ha faltado en este planeta, gente buena y alegre con ojos inteligentes y tristes. He aquí, por ejemplo, la vieja y pequeña foto de Sara Blumenfeld que partió con los niños para los baños minerales, pero no llegó ahí sino a las cámaras de gas de Oswientzim. Me mira con los ojos tristes e inteligentes desde una foto despegada de un documento, el buen rabino Samuel Bendavid. Así eran probablemente muchos otros habitantes del shtetl Kolodetz junto a Drogobich, judíos, polacos, ucranianos, que pasaron como humo por las chimeneas de los crematorios y alimentan ahora los rebaños blancos de nubes en los ilimitados llamados del Señor.
He aquí también un testimonio en inglés con el sello de Octavio Cuervo del moreno ejército americano que le fue extendido a Isaac Jacob Blumenfeld para atestiguar que fue liberado del campo Florosenburg (Oberpfalz) Alemania y le fue permitido dirigirse con las columnas militares americanas a Viena. Hay también un papelito como recibo de pago por equipaje. Sobre el papelito hay algo escrito con tinta violeta y sello de la procuraduría de Yakutsk. «Este documento se extendió al ciudadano fulano por haber sido liberado el 7 de octubre de 1953 del campo de concentración de Ninjne-Kolimsk, Siberia Noreste, siendo rehabilitado totalmente por falta de pruebas de crimen cometido. He aquí también 5 documentos según los cuales Issac Jacob Blumenfeld ha sido consecutivamente ciudadano austro-húngaro, ciudadano de Rezech Pospolita, es decir República de Polonia, ciudadano soviético de procedencia judía que habita en los territorios orientales del Reich Alemán y privado de ciudadanía y de derechos civiles y finalmente ciudadano de la República Federal de Austria.
Miro atentamente con amor y tristeza la diminuta foto de este ser gordito y pecoso, con una corona de pelos cobrizos alrededor de su cabeza calva, que me hizo jurarle que no iba yo a publicar ni una hoja de su biografía mientras estuviera vivo. He aquí ahora el telegrama de Viena con el marco de tinta negra, que leo a través del filtro deforme de las lágrimas y me prometo no callar nada y tampoco añadir nada a la nueva Biblia o como ustedes le
dirían el nuevo Pentateuco de Isaac Blumenfeld.

Preámbulo de Isaak

Carta al rabino Shmuel Bendavid:
¡Gluss Gott! Czesc, panie y panowie! ¡Zdrasstwuyte towarishtchi y Shalóm Alechem! ¡Dicho de otro modo, paz a ustedes, a sus hogares! Si me preguntas cómo me siento, te diré honradamente: gracias a Dios, excelente porque podría estar peor. Pero aún si no me lo preguntas te lo voy a decir de todas maneras. ¿Acaso has visto algún judío que calle lo que ha decidido decir?
Yo ya no soy joven, estoy sentado en mi terraza en Viena, tomo mi café con crema y pienso sobre las cosas de la vida. Alrededor de mi calva, frente al ocaso del sol, brilla una corona dorada de pelo que otrora, si te acuerdas, era cobrizo como el de los fenicios.
Algún autor más poético asemejaría esa corona a la aureola de un santo, pero como me considero pecador que sobrevivió de pura casualidad la destrucción de Sodoma y Gomorra, me recuerda más bien el anillo de Saturno. En realidad que este anillo sino trozos de viejos mundos, pedazos de planetas rotos como vasijas de barro, asteroides y mitos nacionales, clarividencias y verdades «eternas» hechas polvo y cenizas que resultaron tan poco duraderas y tan venenosas como lata vieja de pescado, estados que debían durar mil años pero no aguantaron ni doce, imperios desmenuzados en estados-enanos y crueles enanos maniáticos que se autoproclamaron emperadores inmortales, dictadores, padres de los pueblos, grandes caudillos y profetas que se morirían de miedo si pudieran leer después de su muerte lo que está escrito sobre ellos en el manual de historia para la primaria.
Todos estos trozos del pasado dan vuelta no sólo alrededor de Saturno sino alrededor de mi cabeza para entender yo también que desde los tiempos del esclavizador de los judíos Nabujadnetzar hasta nuestros días no ha cambiado casi nada o como decía este bastardo genial tras el enigmático seudónimo de Eclesiastés, «Todo es vanidad de vanidades, lo que fue será de nuevo y lo que se hacía volverá a hacerse. Vi todas las cosas que se hacen bajo el sol y he aquí, todo es vanidad y carrera tras el viento. Así lo dijo o algo semejante.
Algún día intentaré contarte como se cumplieron mis cinco entrañables sueños, de los que más de una vez hemos hablado. Ahora en el ocaso de mi vida sé que eso no es poco para una vida humana, ver cumplidos tus cincos sueños, por lo que debiera dar gracias a Dios y al destino si las cosas sucedieron de manera poco esperada. Me es incómodo decirlo, pero yo no tuve nunca deseos semejantes.
Resulta que todo fue fruto de las circunstancias políticas, pero yo no tuve nunca interés en la política, por el contrario, la política se interesaba por mí y se planteaba como objetivo principal o como se expresan las estadísticas, la tarea más importante y prioridad principal de, como ellos dicen, mis sueños entrañables, históricos. Estos sueños son cinco, como dije antes, sueños cumplidos y son cinco los libros de Moisés que demuestran de manera indiscutible que mi estirpe fue elegida por Dios y por consiguiente está determinando que deben cumplirse mis sueños. De eso sigue que yo también, una insignificante partícula de polvo de esa estirpe o si prefieres una hormiguita de nuestro regado por el mundo hormiguero, tengo derecho a mi parte personal, porcentaje o acción de esa sociedad de los elegidos de Dios.
De otro lado, pensando sobre lo que les ha sucedido a los judíos durante la interminable cadena del tiempo y añadiendo mi humilde cuenta personal inclusive el impuesto sobre el valor agregado, exclamaré como aquel bardo que andaba por nuestras tierras bajo el nombre conmovedor de Shalom Aleichem: Gracias, Dios mío, por el gran honor, pero ¿no pudiste elegir a otro pueblo?
No busques, por favor, la lógica en mi suerte porque que yo guiara los acontecimientos, ellos eran los que me guiaban a mí. Yo no era ni la piedra para moler, ni el agua que la mueve, yo era nada más el grano y desconocía las intenciones del molinero, alabado sea su nombre y por los siglos de los siglos y después del último siglo.
No busques la lógica en los acontecimientos históricos que condicionaron mi destino, esos no tienen lógica, pero pueden tener su sentido oculto: ¿Acaso le es dado al ser humano llegar a saber el sentido oculto de las mareas, de las protuberancias solares y el florecimiento precoz de la nevadilla (campanilla blanca), del amor o del mugido de la vaca?
No me obligues hermano a empezar las aclaraciones sobre la situación política con aquel disparo en Sarajevo que me tiene harto, cuando un estudiante con el extraño apellido Princips mató a nuestro querido, amado, inolvidable, etc. Príncipe heredero Francisco Fernando. La Primera Guerra Mundial estaba madura como ampolla purulenta en el vientre de Europa e iba a reventar sin necesidad del estúpido disparo de ese Princips o de la caída de un diplomático alemán en Estocolmo debida a una cascara de plátano aventada de «casualidad» por el representante francés de la compañía «Michelin». No busques la lógica, por favor, en el hecho de que mi querida patria austro-húngara y su invencible ejército dirigido sabiamente por el general Konrad von Gotzendorf, que se empecinó en entrar más a fondo en el conflicto precisamente en el momento cuando hasta el último idiota presentía que la guerra estaba perdida para nosotros. ¿Hay acaso lógica en la circunstancia de que todos los fieles ciudadanos austro-húngaros deseaban con todo el corazón la desintegración del imperio de los habsburgos en pequeños estados, en dudosas uniones étnicas, tectónicas federaciones que ondeaban banderas nacionales y se secaban las lágrimas escuchando la cancioncita «Adelante eslavos» y ahora lloriquean junto a las bateas rotas y recuerdan a Austro-Hungría como el «buen pasado»?
Dime hermano, ¿hay lógica en todo esto? o en el chiste cruel que Grecia y Serbia se agarraron de la mano como hermanitos y brincaron en el sangriento precipicio del lado de la Entente mientras que Turquía, ese eterno agente inglés, le declaró la guerra a Inglaterra y Bulgaria se alió con sus opresores turcos de cinco siglos y le declaró la guerra a su libertadora Rusia, la cual por su parte...etc.etc.etc.
La Primera Guerra Mundial es una de las ballenas, como decían antiguamente, sobre la cual pisará mi narración. La segunda ballena es naturalmente la Segunda Guerra Mundial y si piso con el otro pie sobre ella elucubrando sobre la razón y la sinrazón de las más terribles de todas las guerras, me voy a despatarrar desde el mero principio porque las ballenas históricas nadan en paralelo solamente en los casos excepcionales. Hablando de eso, será suficiente recordarte los eternos y sacros ideales nacionales debido a los cuales durante la Primera Guerra Mundial, Alemania era enemigo mortal de Italia y el Japón, mientras que durante la Segunda Guerra Mundial los declaró hermanos carnales y formó con ellos una alianza santa y eterna.
Nos olvidaremos la tristeza de esa terrible guerra, la más terrible de todas, ella se convertirá en un embotado dolor de reumatismo de antaño. Es propio del ser humano olvidar lo malo, porque si piensa sólo en la muerte y en los parientes perdidos, los labradores dejarán de arar la tierra, los jóvenes dejarán de amarse, los niños dejarán de silabear las letras y las palabras, esas cuentas doradas de los rosarios del pensamiento. Nos olvidaremos del dolor y entonces el sentido y la razón de las guerras se reducirán a aquel viejísimo chiste que probablemente tú has oído cien veces en cien distintas variantes. Te lo contaré de todos modos porque ¿acaso puedes impedir a un judío contarte una anécdota, si él está decidido a hacerlo? ¡Ahí te va! Estaban caminando en un lugar de Galicia, de shtetl en shtetl un polaco y un judío. El judío que se siente siempre más inteligente que los demás, es decir que tiene el derecho de aconsejarnos o burlarse de ellos, señaló una bosta de caballo y dijo: «Te daré diez zlotys si te comes este estiércol. El polaco, calculador como todo un campesino, no tuvo nada en contra de ganarse diez zlotys. Está bien, dijo el polaco, frunció el ceño, gimió pero se comió la bosta. El judío le dio los diez zlotys, pero le dolió el alma al pensar que dio su dinero por semejante tontería. Caminando, ve el judío otra bosta y le dice al polaco que se va a comer la bosta si éste le devuelve el dinero. Está bien dijo el polaco.
El judío frunció el ceño, gimió, pero se comió la bosta y recibió su dinero del polaco. Siguieron caminando y de repente el polaco preguntó: «si son ustedes los judíos tan inteligentes, puedes decirme ¿por qué nos comimos las bostas? Esta vez el judío se quedó callado, lo que sucede muy rara vez.
Y así, si me preguntas la razón de todo lo que sucedió durante las dos guerras y el intervalo entre ellas, yo te responderé con otra pregunta a la que no hay respuesta: ¿por qué realmente nos comimos las bostas?
No sé hermano mío, si vas a recibir esta carta, porque tú también eres como una hoja que se la lleva el torbellino de la suerte y la casualidad, que según tu pensamiento marxista son una simple ley natural y la cual también pronostican ustedes los marxistas y mejor aún explican las razones por las que estos pronósticos no se han cumplido. Pero quién podría prever excepto Jehová o Yahvé, al cual renunciaste (no te critico en absoluto, cada quien tiene sus razones) que tú, el buen rabino de nuestro shtetl Kolodetz, cerca de Drogobich, te ibas a convertir más tarde en activista sindical, presidente del club de los Ateos, ¿podría alguien prever que nuestros caminos se iban a cruzar de nuevo junto a la alambrada de púas del campo de concentración en Flosenburg y que estas alambradas -símbolo e indicador de la época- nos van a separar en el crucero, tú para allá y yo para acá?
¿Acaso sabía alguien en la tierra, en el infierno o en el cielo, que el destino iba a ser tan generoso hacia nosotros y en vez de encontrarnos en las cámaras de gas o en el paraíso judío, nos encontraríamos (¿te acuerdas que alegría sentimos?), en el GULAG, allá lejos en el Kasajstán? Pero tú, ZEK 1040260P, como preso político debías ir a la izquierda para cavar el canal «Stalin», mientras que yo, ZEK003476B, como criminal de guerra y traidor a la patria regresaba en ese momento del otro extremo del Archipiélago adonde traducía a los barones, mariscales de campo presos, portadores de la cruz de hierro con hojas de roble, los cuales con tanta erudición y con esfuerzos conjuntos lograron perder esta guerra también, gracias a Dios. Para mí, el judío insignificante, soldado raso del Ejército Austro-Húngaro y más tarde un honrado trabajador soviético en la cooperativa de costura # 6 (allí estuvo el taller de mi padre «Mode parisienne»), ¿te acuerdas? Para mí fue un gran honor servir a los caballeros de la cruz de hierro con hojas de roble. Ellos supieron que fui soldado raso y me obligan a lustrar sus botas y llevarles las escudillas de té grasiento, pero supieron que yo me desviaba tras las barrancas y me orinaba en el té! Una vez, el barón von Rodenburg, al que los rusos agarraron en el excusado de la estación de Leipzig vistiéndose de sirvienta para arrimarse a los americanos, dijo que el té sabía algo raro. Yo murmuré que anoche cenamos sopa de nabo. Él preguntó con soberbia que qué había de común entre el nabo y el té. Entonces yo me permití decirle que entre todos los fenómenos de nuestra existencia hay una misteriosa ligazón metafísica. El barón me miró a través del monóculo y dijo: «Tú eres un filósofo judío tonto». ¡Tenía razón el barón!
No sé donde estás ahora hermano mío, pero probablemente estás de nuevo en nuestro shtetl, rabino otra vez o secretario del comité local o miliciano de colonia, no tiene importancia.
De seguro tienes muchos hijos y nietos, que están vivos y sanos, les deseo un futuro feliz porque este entrañable rincón de Europa es el punto donde se cruzan las pasiones eslavas, alemanas y judías y de la mezcla con los jasidim nacerá de nuevo algún Shagal, o aquel Sholem Nahimovich Rabinovich, nuestro Shalom Aleihem, mientras los vecinos tendrán algún gran antisemita que, a su modo, dará fama a su lugar natal. Ojalá la levadura con la cual la historia amasa a los niños de ahora, sea mejor y vengan días de sabiduría, de paz de alegría y hermandad, para que en los años y siglos venideros hasta el día del juicio nadie se orine en el té de nadie, Amén.

Te besa tu viejo amigo y cuñado:

Isaac Blumenfeld.







Cuarto y Quinto Libro de Isaak

Estábamos meciéndonos en el compartimento de tercera clase, el tío Jaimle miraba pensativo a través de la ventana los cables telegráficos que dizque se trenzaban, yo dormitaba, echaba una mirada a través de la ventana y volvía a dormitar. El compartimento estaba lleno de soldados, uno con muletas, otro con la cabeza vendada, regresaban a vacacionar. Un soldado preguntó que cuándo íbamos a llegar a Viena y él empezó de nuevo a buscar en sus bolsillos. Al recordar que ya no tenía reloj, miró hacia mí y dijo: "Llegaremos a las cinco", yo me hice el dormido.
Me acordé de aquel rabino que viajaba en tren a Varsovia. Frente a, él estaba sentado un judío joven que le preguntó la hora. El rabino lo miró sin responder nada, se cobijó con su abrigo y se durmió. A la mañana siguiente, justo al arribar el tren a la estación de Varsovia, el rabino le dijo: "Me preguntó Ud. joven, qué hora es. Ahora son las ocho con veinte minutos, ya estamos llegando."
-"¿Por qué, respetable rebe no me contestó usted anoche?"
-"Porque el camino es largo y si te hubiera respondido, tú me ibas a comenzar a platicar. Más tarde te ibas a informar si vivo en Varsovia y en que dirección. Luego de plática en plática me preguntarías si tengo hija. Así vendrías un día inesperado de visita pidiendo la mano de mi hija. Yo no tengo intenciones de casar a mi hija con un hombre que no tiene ni siquiera reloj."
Eché de nuevo una mirada al tío Jaimle que dormitaba. Él tenía grandes patillas, un saco a cuadros grandes, un sombrero duro sobre las piernas. Viéndolo, podría alguien pensar que era un honrado provinciano que comerciaba con trigo o ganado. Pero él no era lo que aparentaba. De hecho él no tenía ocupación determinada, estaba siempre lleno de planes grandiosos que finalizarían al emigrar a América. Decía él: "-Lo difícil es pisar tierra firme americana. ¡Lo demás irá como sobre ruedas! -Eso no es Tarnuv, es América!" Contaba mucho con la introducción de algo nuevo, desconocido en nuestros lugares, las aspiradoras eléctricas, que estaban tan de moda en América. Se trajo unas cuantas y anunció que recibe pedidos para importarlas. Nadie hizo pedido y no crean que porque la mercancía era mala, sino porque en Kolodetz, cuando yo era niño, no había electricidad y sólo nuestro apreciable emperador sabía cuando la iban a introducir. Luego mi tío trajo cincuenta tocadiscos mecánicos con un montón de discos de canciones alemanas de moda. Demostraba con enorme placer a todos y cada uno la calidad de los tocadiscos, explicaba que el tocadiscos iba a elevar la cultura general de nuestro terruño, cambiaba las agujas y los discos, la gente se juntaba para oír, lo animaban y querían escuchar más y más hasta que un día mi tío terminó las agujas y no tenía dinero para comprar más. Ni un tocadiscos se vendió y un día cargó todos en una carreta y ésta desapareció.
Si mal no recuerdo, su único y verdadero golpe financiero fue la compra de una enorme cantidad de cobijas en una subasta militar. Estas cobijas estaban mal pintadas y en vez de ser del color café usado en los cuarteles, tenían color violeta sucio con manchas rosadas. Mi tío las vendió extremadamente baratas. No pasó mucho tiempo y con la participación de la sastrería "La Mode Parisienne", todos en Kolodetz junto a Drogobich empezaron a vestir trajes o caftanes de lana color violeta sucio con manchas rosadas. No creo sin embargo, que esa operación haya acercado a mi tío tantito a las entrañables fronteras de los Estados Unidos de Norteamérica. Así que independientemente del golpe financiero con las cobijas, mi tío se quedó muy pronto sin un quinto en la bolsa, pero con ideas que de vez en cuando le cuando algún ingenuo le pedía dinero prestado, él le contestaba invariablemente: "Te lo daré, pero cuando regrese de París." A lo que el otro replicaba: "¿Cómo, te vas a París?" "Ni siquiera lo he pensado", respondía mi tío.
Luego pasó el cobrador y anunció que el tren entraría pronto en la capital de nuestra Patria, Viena.
¿Qué te cuento hermano?, ¿con qué te puedo comparar esa terrible ciudad? He visto otras ciudades también, he estado en Truskavetz, Striy y Drogobich, pero eso es como si comparara a nuestro policía Pan Voytek con Su Majestad Carlos Primero con nuestro finado Kaiser Francisco José.
Es como aquella anécdota de Aarón que se olvidó por distraído el sombrero al entrar a la sinagoga. El rabino le ordena abandonar inmediatamente el templo de Dios y lo regaña: "Entrar a la sinagoga sin cubrirse la cabeza es un pecado comparable sólo con el pecado de dormir con la mujer de tu mejor amigo." A lo que Aarón responde "Oh no rebe, he probado eso también, pero ¡qué diferencia!" Algo así es la diferencia entre Truskavetz y Viena.
Estábamos paseando por Viena, yo portaba el veliz de mi tío, pero me paraba a cada rato para ver las casas, los autobuses de dos pisos, los tranvías, los brillantes carruajes y mi tío me tomaba del brazo y me recordaba que debíamos caminar. Estaba yo pensando, a decir verdad, que Viena no parecía una capital sumida en sus problemas militares. No es que no se sintiera la guerra, había bastantes oficiales por las calles y los cafés, de repente pasaban patrullas militares o camiones cargados de soldados, pero la ciudad me pareció despreocupada, hasta divertidamente superficial, algo como el tío Jaimle. Pero bastante más rica.
Por fin paramos ante un hotel llamado "Astoria", si mal no recuerdo. No era un edificio simple, era todo un palacio con seres míticos que sostenían los balcones, con una escalinata de mármol rosado y puerta giratoria con herrajes de latón. Adentro resplandecían millones de luces, una ilusión óptica debida a la reflexión repetida una y otra vez en los espejos. Dos personas con uniformes de color azul y dorado, con blanquísimos guantes, dignas de ser mariscales o príncipes herederos, recibían y despedían a los visitantes. Unos muchachos, también vestidos de azul y dorado y con algo como altas cazuelas azules en la cabeza, bajaban maletas de los coches. Si sigo hablándote me saldrían lágrimas en los ojos de la emoción.
Estaba yo boquiabierto cuando mi tío Jaimle me tocó y dijo:
-"¡Ándale, entra!"
-"¿Aquí?", le pregunté perplejo.
-"Sí, ¿adónde más?, ¡aquí vamos a vivir!"
No creía ni a mis ojos, ni a mis oídos, completamente atontado me encaminé con la maleta detrás de mi tío. Los mariscales y los príncipes herederos nos miraron, pero no nos prestaron gran atención. Debo añadir que yo estaba vestido decentemente, aunque como provinciano. No te olvides quien era mi padre Jacob Blumenfeld y que él, según sus propias palabras, ¡había cosido el uniforme de un dragón de la guardia personal de su Majestad!
Adentro las cosas parecían más vertiginosas, con palmas bajo los candelabros de cristal, con gente que bajaba por la ancha escalinata cubierta con alfombra color azul tierno, las damas con vestidos largos, ligeramente apretados arriba de las rodillas, fumaban cigarrillos con boquillas largas y los hombres vestidos de frac, como los que aparecían en las estampas pegadas en nuestra ventana en Kolodetz. Bajaban por la escalinata oficiales mancos, con profundas cicatrices en la cara, con la manga vacía metida bajo el cinturón, con monóculos, como alemanes. Parece que ser manco y con cicatriz en el cachete estaba de moda, porque los alemanes se portaban como príncipes hindúes sobre elefantes blancos. Un muchacho de aquellos con la cazuela azul en la cabeza sonaba tiernamente una campanita como para no turbar a alguien. En la tablilla negra que portaba el muchacho estaba escrito con tiza "Mister Olaf Svenson". Creo que no era el muchacho Mister Olaf Svenson, sino que buscaban a una persona de este nombre.
Es poco decirte que estaba aturdido, con la garganta seca; me imaginaba que en cualquier momento iban a irrumpir policías para arrestarnos a mi tío y a mí como gente que se halla ilegalmente en una película ajena o como estafadores de Kolodetz cerca de Drogobich que se entrometían con malas intenciones en este mundo rosado, azul-dorado, aromático, al cual no pertenecíamos.
Miraba yo hacia las mesitas de mármol junto a las cuales las damas tomaban café con crema y mordían elegantemente el strudel caliente, o señores se daban importancia leyendo periódicos estirados en delgados marcos de bambú, digo, estirados los periódicos no los señores. Junto a las mesitas había perchas con elegantes ganchos vieneses de los que estaban colgados tremendos abrigos que nunca habíamos visto en Kolodetz, y a propósito de los estafadores me acordé de una anécdota que podría haber surgido en semejante lugar.
-"Perdone, ¿es usted el señor Moishe Rabinovich?"
-"La cuestión está en que yo soy Moishe Rabinovich, pero usted se está poniendo mi abrigo."

     No estaba yo de humor para estos chistes de Kolodetz y menos de ponerme  abrigos ajenos. En ese momento el tío Jaimle se acercó a un señor de uniforme. No podía orientarme yo de inmediato quienes eran los patrones y quienes los mozos, porque por ejemplo este individuo que parecía ser el propietario de una caballeriza con quinientos caballos, miró por encima a mi tío, luego se agachó un poco y volteó su oreja hacia él. Parece que mi tío, por lo turbado que estaba, hablaba bajito y tuvo que repetir su pregunta. El propietario de la caballeriza levantó las cejas asombrado. Mi tío metió los dedos en la bolsita de su chaleco como para sacar dinero para propina, pero evidentemente reflexionó y con impaciente amabilidad le ofreció un cigarrillo. El señor miró con mayor asombro los cigarrillos y con repugnancia meneó la cabeza. O no fumaba, o los cigarrillos de baja calidad de mi tío lo habían aturdido. La segunda hipótesis me parece más justificada. Todo eso no duró ni los dos minutos poéticos que decía mi tío, pero a mí me parecieron una eternidad hasta que el señor señaló con la mano cubierta con el guante blanco, hacia el rincón de la sala. Mi tío me llamó victorioso y siguió hacia el rincón.
Pasamos junto a unos aparadores con perfumes y artículos para damas desconocidos para mí, vimos un anuncio luminoso con paisaje de montaña que nos invitaba a pasar el verano en los Alpes del Tirol. Gracias por la invitación, pero yo no podía porque dentro de una semana debía alistarme en el ejército.
Pasando por una puerta entramos en un corredor en el que no había ya damas con boquillas largas y señores vestidos de frac. Pasaban rápido junto a nosotros meseros que cargaban charolas con café y pastelitos y por fin llegamos hasta una puerta de hierro con un letrero que decía: "Salida de emergencia". Mi tío entró con valentía y yo detrás de él. Empezamos a descender por la escalera de cemento, nuestros pasos resonaban en este pozo vacío de ladrillos blanqueados, bajando hasta el mero fondo. Nos topamos con otra puerta de hierro que mi tío abrió con cuidado y de allí nos llegó el aire caliente, el zumbido de bombas y el siseo del vapor. ¿Te percatas, verdad? Era el sector de las calderas. Caminábamos entre tubos y tanques, nos brincábamos los charcos en el piso hasta que intempestivamente se paró ante nosotros un gigante, todo negro por el carbón y los aceites. Él nos miró y un instante su boca se abrió con una sonrisa alegre:
-"¡Jaimle, hermano!"
Mi tío Jaimle lo abrazó con cautela, cuidando su saco de cuadros, examinó luego sus manos y dijo:
-"Este es mi sobrino Isaak, se va a la guerra. Y a ti Izik te presento a mi buen amigo Miklosh, húngaro y fogonero.
-"Chokolom", o algo semejante dijo el húngaro y me tendió su negra manota.
Nos subimos luego tras él por las escaleras de hierro y entramos a su cuarto, donde había dos camas, estufa de gas y un lavabo de hierro colado.
Nos sentamos alrededor de la mesita chica y el señor Miklosh, que nos miraba con alegría, propuso:
-"Dormirán ustedes aquí. ¿Quieren cervecita? Tendrán ustedes sed por la caminata."
-"¡Sí!", consintió mi tío.
Conversaban mi tío y Miklosh en una lengua extraña, formada en nuestra entrañable Austria-Hungría, que se hablaba sólo en los contactos interétnicos, una especie de esperanto federal. Su base o más bien su esqueleto era el alemán, en el cual irrumpían con insolencia y hacían de las suyas esos casos y géneros, modos y participios, inmigrados idiomáticos de origen eslavo, húngaro, judío y hasta turco-bosnio. Cada etnia en el gran imperio hablaba su propio idioma en el que evidentemente actuaban distinguidos invitados de muchas lenguas. Hasta los austríacos hablaban entre sí un idioma que con ligereza declaraban alemán. Si el pobre de Goethe los llegara a escuchar se colgaría del primer farol de gas. Bastante más tarde, cuando la vida me obligó a tener contactos más estrechos con la población oriunda de ese país alpino, me era más fácil pagar el impuesto para ejercer la profesión de dentista que estar explicando al inspector correspondiente que no soy dentista. Cuando le preguntaron a Abramovich si tuvo dificultades en París con el francés que sabía, el respondió:
-"Yo personalmente no tuve ninguna dificultad, pero los que conversaban conmigo las tuvieron enormes".
Mientras el húngaro buscaba los vasos, botellas y demás, mi tío me tocó la mano y me preguntó:
-"¿Tienes algo qué decir soldadito?"
-"Tengo ganas de orinar", le dije desesperado.
Estas fueron mis primeras palabras desde que entramos en el mundo de mármol del "Astoria". Las dije en idish puro, si el concepto "pureza" puede usarse para esa amalgama de alemán, eslavo y asirio-babilonio.



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