El Hombre Silencioso PIV - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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El Hombre Silencioso PIV

Condensados

El Hombre Silencioso
Parte IV

Por: Danielle Wolfovitz

Una familia judía después de la Revolución


Para Israel las cosas no iban bien. El Muftí de Jerusalén abiertamente nazi, y las pandillas árabes asolaban el país desde 1936. Los ingenuos creyeron que con la victoria aliada y la llegada al poder del Partido Laborista en Inglaterra, el Estado de Israel vería por fin el día. Aneurin Bevan no tardó en decepcionarlos.
Llegó el año de 1947. Mi padre estaba más silencioso y absorto que nunca en los grupos sionistas. En Eretz Israel entraron en acción los grupos del Palmach de la Haganah y de Stern. Llegaban llamadas ansiosas desde allá pidiendo apoyo de toda índole. Para todo. Para los refugiados sobrevivientes de los campos de la muerte en Europa, que llegaban clandestinamente a Israel porque no tenían adonde ir, ya que nadie quería recibirlos. Para absorber a los judíos oriundos de países árabes que los perseguían sin tregua. Para atender a los refugiados enfermos. Para adquirir las armas que le quisieran vender para defenderse de sus enemigos.

Personalmente, atravesé esos años en un desconcierto total. Por un romanticismo ajeno a la realidad, me enamoré a los 16 años (y medio, conste) de un hombre que, por varios conceptos, no me convenía. Mi padre, que estimaba la inteligencia de ese pretendiente (había otros) pero que lo había "fotografiado" como varón, se dio cuenta, gracias a su perspicacia, del desacierto que yo iba a cometer. Su oposición me colocó en una aguda disyuntiva entre los dos hombres que más quería. El sector femenino de la familia empezó por consentir a ese joven profesionista, encantador, cuanto le antojaba, y poseedor de cualidades poco comunes, aunque con el tiempo mi madre y mis hermanas se percataron de su carácter difícil.
En noviembre de 1947, se logró con mucho trabajo un voto favorable en la ONU para crear (o mejor dicho resucitar) al Estado de Israel. Me sentí liberada entonces del compromiso moral que había asumido de ir a pelear por Israel si la Resolución de la ONU fuese desfavorable. Y el amor que me causaba tantos conflictos me pareció menos culpable. La decisión de la ONU nos colmó de alegría, a pesar de los negros nubarrones que se iban cerrando sobre el futuro Estado resucitado. La población israelí, de 600.000 almas, pronto quedaría inmersa en un mar de fuego al retirarse Gran Bretaña del territorio, hasta entonces bajo su mandato, abandonando a los judíos a la furia arábiga. Los árabes ya cantaban victoria de antemano, pues era sabido -como me lo dijo a principios de 1948 un mexicano que nos quería- que el árabe es guerrero, mientras el judío ha sido tradicionalmente timorato.
Las organizaciones sionistas tocaban a todas las puertas para pedir auxilio y reunir fondos para la contienda que se avecinaba. Crecía la angustia.
Antes de noviembre, o sea en octubre de 1947, Max Wolfowitz, Elías Sourasky y Yerajmiel Wisniewitz fletaron en secreto un barco que zarpó de un puerto de la costa mexicana hacia Nueva Orleans, para embarcar allá una cantidad considerable de armas de Checoslovaquia secretamente adquiridas por ellos, y que enfiló luego el rumbo a Israel. A bordo del buque iba un joven de 27 años para cuidar el valioso cargamento. Se llamaba Moisés Shuster, sobreviviente del Holocausto
Este armamento resultó ser una ayuda decisiva durante la Guerra de Independencia de 1948 para la conquista de la parte del Neguev que llega hasta Eilat. Mi padre nunca nos habló de esa importante operación. Se limitó a decirme simplemente una tarde "un barco ha zarpado". En 1972, es decir 25 años más tarde, interpreté una conferencia del Rabino Israel Friedman de Nueva York y él me relató la primer parte de dicha hazaña. En 1995, un miembro de la comunidad judía de México me dijo lo que representó semejante ayuda.
Mi padre pudo celebrar la decisión de la ONU. Desgraciadamente, no conoció la Declaración de Independencia del Estado Israelí ni las victorias de su ejército. El médico de mi padre le había ocultado que padecía de una lesión cardíaca. Y todos le vaticinaban que viviría más de 90 años, quizás cien. Pero mi matrimonio en contra de su voluntad fue un profundo dolor para él. Su hija consentida, en quien había puesto tantas esperanzas que fueron absurdamente defraudadas, se había marchado.
Me enteré ulteriormente que me buscaba por la casa y le contaba a mi familia y a mis amistades que él tenía en casa un cristal muy fino, pero que un día vino alguien y se llevó su cristal, rompiéndolo. Me llamaba su cristalito roto. Había adelgazado demasiado. Desde el fondo de la selva lacandona, donde yo volaba como copiloto suicida, un presentimiento aterrador me urgía que regresara a verlo, y me había enterado de que me había perdonado y pensaba hasta en aceptar a mi esposo.
Un domingo lloré desesperadamente todo el día por la premonición que me gritaba que me regresara hacia él. No lo logré. Una mañana de abril, cuando se veía aún más pálido y demacrado que de costumbre, falleció el Hombre Silencioso a los 63 años, tan calladamente como había vivido.
Al enterarse por radiocomunicación de esta catástrofe irreparable, mi marido me trajo precipitadamente por avión a México. Pero llegué cuando lo acababan de sepultar.
Este deceso dejó un inmenso vacío en la familia. En lugar de disminuir con los años, este vacío se intensificó con el tiempo. Esta desaparición causó una profunda consternación en toda la comunidad israelita de México, siendo muchos los que lloraron amargamente su fallecimiento. Aún hoy, los sobrevivientes de esa era lo recuerdan con gran cariño, por la inmensa ayuda que siempre brindó, sin oponer jamás una negativa y muchas veces anónimamente, a los desvalidos que acudían a él, a los que necesitaban desesperadamente auxilio material y unas palabras de aliento.
Años después de la muerte de don Max Wolfowitz, un bosque fue plantado en su honor en una colina del Norte de Israel cerca de la frontera con Líbano. En una visita muy conmovedora que hice a ese bosque durante mi primer viaje a Israel en 1964, me pareció que el murmullo de la brisa al rozar suavemente las hojas de los preciosos árboles bajo el cielo azul en un dorado y melancólico atardecer, era quizás un mensaje de mi padre.
Regresé al bosque en 1976, esa vez con varios familiares. Tantos miles de árboles habían sido plantados en recuerdo y en honor del hombre extraordinario que fue mi padre, que fue necesario colocar multitud de ellos en la parte inferior de las laderas de esa colina, que así quedó totalmente reforestada.
Cincuenta años han pasado desde la muerte de don Max Wolfowitz, tan súbita y trágica. Es posible que al medio siglo de su fallecimiento, el dolor y el luto causados por su desaparición se hayan aplacado en varias personas. Pero a mí, que me despedí de él convencida de volver a verlo al poco tiempo, siempre me parecerá que falleció ayer.

Su inconsolable hija.


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