El Hombre Silencioso PIII - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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El Hombre Silencioso PIII

Condensados

El Hombre Silencioso (Parte III)
Una familia judía después de la Revolución


Por: Danielle Wolfowitz


La Otra Adolescente
En cambio mi hermana menor Ariel se adaptó aparentemente mucho mejor que yo, y sin duda con más inteligencia práctica, a la realidad circundante. Sin embargo, sabe Dios lo que sucedía en su alma tan tierna y sensible. No hacía comentarios... Aceptó sin protestar los dos años de retraso académico que nos había impuesto el Dr. Murray, Director del Colegio Americano. Gracias al retraso habitual en América del Norte y Latina respecto a Europa (1), Ariel se encontró ente alumnos de su edad o mayores que ella.
Yo luchaba rabiosamente contra esa imposición y logré salvar esos dos años y conservar un adelanto notable, empero con tal esfuerzo que cobré un prolongado odio hacia los estudios. Mientras, Ariel aprovechó el tiempo para aprender a hablar divinamente el inglés. Esto le ayudó a relacionarse positivamente con los alumnos del Colegio y crearse en esa forma, sin darse cuenta casi, un ambiente muy favorable. Le ayudaba también su extraordinaria belleza y el hecho de ser rubia y tener ojos azules en un país donde gran parte de la población es morena.
Su gentileza innata y su sonrisa cautivadora le granjeaban amigos por doquier. A guisa de ejemplo, relataré que al poco tiempo de haber llegado acompañamos a nuestra madre al Puerto de Veracruz (2), para comprar un comedor. El precio le pareció alto a mi madre, quien preguntó si era posible una reducción. El gerente de ventas nos miró y contestó que por la sonrisa encantadora de Ariel nos concedía el descuento.
Otra anécdota: al impartir la clase de español, el conocido profesor Efrén Núñez Mata enseñaba (laboriosamente) a sus educandos las sutilezas de los verbos castellanos. Al pedirles ejemplos del tiempo pretérito, Ariel dijo: «Anoche dormí con el gato». Se oyó suspirar al fondo del aula «¡Quién fuera el gato!». Otra ventaja. Ariel no había alcanzado todavía la etapa mesiánica de la adolescencia, cuando uno siente el deber ineludible de explicar a todos lo bien fundado de las convicciones de uno, so pena, si uno fallare en semejante misión, de ver desplomarse el mundo (por culpa de uno, claro está, y también de los demás culpables de pecado por omisión).
A su lado, yo figuraba como una delgada trigueña de buena figura, pero usaba lentes, defecto imperdonable para una muchacha. La gente tontamente cruel, solía preguntar cómo era posible que las dos fuéramos hermanas. «¡La menor es tan bonita!» Luego, para enmendar el disparate, agregaban «aunque la mayor también es guapa» o peor aún «es tan inteligente y adelantada», fastidiándonos así a ambas. Tales reflexiones podrían habernos envenenado con celos recíprocos. Tuvimos el acierto de hacerles caso omiso y de aliar nuestros respectivos dones para apoyarnos mutuamente

1942 - 1948
En noviembre de 1942, el desembarco aliado en África del Norte alivió nuestra desesperanza. Pero faltaba mucho aún para la victoria aliada. No era todavía el principio del fin, pero si el fin del principio, como dijera Sir Winston Churchill, estadista que salvó al mundo gracias a la resistencia que opuso Inglaterra en julio y agosto de 1940 a los ataques de Alemania. Y a fines de 1942 Europa seguía en las tinieblas, padeciendo hambruna y muerte bajo la pavorosa brutalidad de la ocupación nazi.
Profundamente afectado por las pruebas de la guerra, mi hermano Isaac Ignacio (Yamy) había sido reformado del servicio militar y padecía una depresión que procuraba superar tratando de llevar una vida normal a pesar de una salud deficiente, que afortunadamente mejoró con el tiempo. Colaboraba en el negocio de piedras preciosas de nuestro padre, y todos los días ofrecía a mi madre un ramo de rosas «baby» para manifestar su alegría al habernos vuelto a encontrar después de una separación tan cruel, pues él tampoco supo nada de nosotros de mayo de 1940 a febrero de 1942 y había supuesto lo peor.
En ausencia de su esposo prisionero de guerra en Alemania oriental, nuestra hermana mayor Magdalena Malka (La Nena) se había vuelto una activista opuesta a la injusticia social imperante (con lo cual tenía mucho quehacer). Bondadosa, dulce, abnegada y noble hasta el punto de quitarse lo poco que tenía para regalarlo a los demás; Magdalena había sido, desde muy joven, voluntaria social en Francia. Por su enorme amor a los niños, se ocupaba benévolamente de los infantes de una guardería infantil establecida como beneficencia privada por una amiga suya, la Sra. Israel, para madres trabajadoras, ya que el gobierno francés no tenía todavía centros de esta índole.
En México perfeccionó sus conocimientos de enfermería al seguir, con otras damas de la colonia francesa, los cursos de enfermería impartidos por la inolvidable Señora Sol Lalande, ex Enfermera en Jefe de Hospitales Militares en la Primera Guerra Mundial, y por el Dr. Menocal, médico sinarquista aunque admirador de Francia.
Esas enfermeras se ocupaban benévolamente del dispensario establecido por la misma Sra. Sol Lalande cerca del antiguo Hospital Francés de México, para atender a personas carentes de recursos. Le acompañé allá en alguna ocasión como auxiliar. Magdalena trabajaba igualmente como voluntaria de la OSE y era Secretaria o Tesorera de diversas instituciones de beneficencia privada.
No pudo desafortunadamente, usar su capacidad comercial, excepcional entonces para una mujer, ya que nuestro padre prefería que se quedara en casa y que mi tío le había dicho claramente que una mujer «bien» no debía salir a trabajar por dinero. En su afán proselitista, Magdalena me reprochaba mi inutilidad social en las circunstancias del momento. Como ella temía que mis males infantiles me hubiesen privado de la capacidad de tener hijos o tenerlos sin mayores dificultades, me aconsejaba por mi bien el casarme tarde o no casarme. El inconveniente era que ella que, ya lo dije, fue como una segunda madre para mí y para Ariel, y los demás me catalogaron consecuentemente como una futura solterona intelectual, ratón de biblioteca. ¡Vaya gracia que me hacía! Odiaba esa clasificación.
Un romanticismo apasionado me había invadido a los catorce años. Quería arreglarme, vestirme, salir, quería vivir. Rehusé la enciclopedia que quisieron ofrecerme cuando cumplí 15 años a fines de 1943 y pedí, en su lugar, una fiesta al estilo de entonces. La secuencia interminable de obligaciones escolares, sociales, familiares, religiosas y tradicionales me tenía harta, excepto las clases de danza clásica, y aspiraba a aliviar la presión.
Alain y Felipe, hijos de nuestra hermana mayor, se adaptaban a la vida en México, pese a haber repetido los primeros años de colegio a raíz de nuestros forzosos cambios de residencias, escuelas, idiomas y entorno social. Crecían como si fueran hermanos de Ariel y míos, compartiéndolo todo, y dolorosamente lejos de su padre, prisionero de guerra, cuya suerte era muy incierta. Cada vez que recibíamos una tarjeta de él, temíamos que fuera la última.
Mauricio sobrevivió al cautiverio gracias a la Convención de Ginebra que protegía a los militares. Salió al destruirse el campamento de prisioneros cuando el ejército soviético avanzó en Alemania. Llegó, delgadísimo por las privaciones sufridas, a México a principios de 1946 para reunirse con su esposa y sus dos hijos. Ellos casi no lo reconocieron: Alain tenía apenas cinco años y Felipe un año y medio cuando lo habían visto por última vez, bajo el uniforme militar.
Al principio, les costó trabajo entender que ese señor alto y demacrado era su papá. Magdalena y Mauricio reanudaron su vida común y él recuperó paulatinamente casi toda su salud. Empero, el marido que se había despedido en otoño de 1939 de una esposa muy sumisa ante su autoridad, encontró a su regreso en 1946, a una mujer segura de sí y dueña de firmes convicciones.
Nuestra tía Clara, otrora primera mujer de negocios de Bélgica, y su esposo Simón luchaban por integrarse a la vida de la comunidad israelita de México, en condiciones muy adversas.
Don Arturo Wolfowitz desempeñaba las espinosas y delicadas funciones de jefe de la comunidad israelita de México en tiempos de guerra. Presidía el Comité Central israelita, que había fundado en 1938 con el Sr. León Behar. Debía actuar con mucha habilidad contra la germanofobia preocupante de varios sectores de la sociedad, a pesar de la posición pro aliada del gobierno mexicano y la entrada en guerra de México en 1942 a raíz del hundimiento del buque « Potrero del Llano»
El desempeño de Arturo Wolfowitz fue muy importante, de gran valor y tuvo alcances sin precedentes. Entre los hechos visibles, él logro en 1944 un paro total simultáneo de todos los servicios, actividades y personas en la Ciudad de México para observar un minuto de silencio en homenaje póstumo a los mártires judíos de Europa.
Llegó el año de 1944. Se intensificaba la angustia por la falta de noticias de Europa. Llegaban desde 1942 reportes de operaciones inútiles sin anestesia practicadas en los campos de concentración, y de experimentos seudo-científicos atroces. Sabíamos que por sadismo amputaban miembros, como lo atestiguó más tarde un matrimonio, que había sido un dueto de pianistas. Ofrecieron un concierto en esta capital, pero en lugar de tocar a cuatro manos sobre dos pianos, como lo habían hecho antes de la Guerra, sólo pudieron usar un piano, pues guardias de un campo de concentración les habían cortado una mano a cada uno, por diversión.
Sabíamos que los nazis hacían guantes y pantallas de lámpara con las pieles de los hombres, mujeres y niños que habían torturado y asesinado ante la indiferencia total del mundo, y que hacían jabón con su grasa y colchones con sus cabelleras. Más tarde supimos que también hacían aretes con los ojos de los niños asesinados. Nos enteramos del suicidio de las 97 doncellas judías de Varsovia, que prefirieron la muerte antes de ser profanadas por la soldadesca alemana.
En junio de 1944 el desembarco aliado en Normandía nos dio la mayor esperanza. Veíamos acercarse el principio del fin. El día de la Liberación de París, en julio del mismo año, mi madre se unió al desfile de obreros de la CTM y de Pemex para festejar esta victoria sobre el fascismo, y apareció fotografiada en primera fila en esa memorable ocasión.
Magdalena llegó muy preocupada a la casa, diciendo que mamá dañaba así el prestigio de la familia. Estaba equivocada. Mamá llegó poco después a su hogar e inició con nosotras los preparativos de una gran fiesta para celebrar este maravilloso evento con el júbilo que merecía. Por la noche, mi madre rompió varias teclas del piano con sus anillos al tocar entusiasmadamente La Marsellesa en la reunión que congregó a un montón de refugiados en nuestra casa. Todos cantamos a voz en cuello con ella, excepto el Hombre Silencioso, que observaba todo este bullicio con su bondadosa sonrisa y su calma habituales.
En otoño de 1945 llegaron las primeras noticias de Europa en dos años y medio. Con inmensa alegría, nos enteramos que gran parte de nuestra familia se había salvado, sobreviviendo a campos de concentración y ocultados por cristianos que arriesgaron su vida por ellos. Celebramos acciones de gracias. Mientras tanto la guerra continuaba, interminable.
En Europa Occidental, los Aliados ganaban terreno pulgada por pulgada a fuerza de feroces combates cuerpo a cuerpo contra las enardecidas bestias nazis. Como en México había germanófilos, algunos de ellos llevaron un brazal negro a raíz de la derrota de Von Paulus en Stalingrado. En Asia, los Aliados asestaban golpes cada vez más rudos a los japoneses.
Y por fin llegó la tan esperada, ansiada y deseada victoria aliada en mayo de 1945 para Europa y en agosto del mismo año para Asia. Esta inmensa victoria de la democracia sobre las fuerzas del Mal, se alzó sobre el aniquilamiento, la desolación y la muerte sembrados por el Eje Berlín-Roma-Tokyo. El esposo de nuestra prima inglesa Raymonde había muerto en 1942 en la batalla de Tobruk, en África del Norte, contra Rommel. Y años más tarde su segundo esposo falleció a consecuencia de su cautiverio como prisionero de guerra entre los japoneses de 1942 a 1945.

Continuará...

(1)  Donde uno entra a secundaria a los 11 años, mientras aquí es a los 13.
(2)  Almacén importante, que cerró en los años 60s.


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