El Hombre Silencioso P II - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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El Hombre Silencioso P II

Condensados

El Hombre Silencioso
(Segunda parte)


Una familia judía después de la Revolución


Por: Danielle Wolfowitz

En junio llegaron los exámenes de fin de año en el Colegio Americano. Acababan de vacunarnos contra la viruela, la tifoidea y el tétanos. Las vacunas habían «prendido» provocando malestares y fiebre. Me tocó estudiar hasta altas horas de la noche con 39° C de calentura para presentar esos exámenes. Pasé muy bien las pruebas de español gracias a los dos años y medio de latín que había estudiado y que me facilitaron las complicadas conjugaciones castellanas.
Sin vacaciones, sin el menor descanso por el esfuerzo realizado, pasamos de inmediato al año superior siguiente, puesto que el sistema escolar seguía el calendario americano, mientras las vacaciones seguían el sistema mexicano de diciembre y enero. En esta forma, cada año se cursaban dos mitades de un año y del siguiente, éste último interrumpido dos meses. Afortunadamente, México sigue hoy el calendario escolar del mundo occidental y este desnivel escolar ya no existe.
Al percatarme del error de haber aceptado con entusiasmo el cambio de colegio, era demasiado tarde, ya no se podía dar marcha atrás, por orgullo. Me abismé en la soledad, sintiéndome sola para resolver mis problemas e inquietudes internas y sin nadie que me ayudara, pensaba, en salir de este marasmo emocional y espiritual. Me amargaba paulatinamente, comparando continuamente las ventajas del sistema francés de estudios clásicos con la superficialidad, a mi juicio del sistema norteamericano, lo cual me impedía ver sus aspectos tan positivos.
Los estudios en dos idiomas que conocía aún tan mal, me obligaban a pasar largas horas haciendo las tareas con la ayuda de diccionarios. No tuve tiempo para ingresar al Club de Canto del Colegio, el Glee Club, donde me habían invitado afectuosamente, ni para participar en las numerosas actividades sociales de la Escuela. Transcurriría mucho tiempo antes de que me percatara de las oportunidades que había perdido. Eso sí, me gradué con un promedio de 96/100 habiendo cursado, contra la oposición de los directores, los cuatro años de High School en tres años. Pero me alejé momentáneamente de los estudios.
Me ayudaron mucho en esos años la belleza de muchos lugares de México y su maravillosa música. Son inolvidables las mañanas de marzo, cuando las preciosas Jacarandas dejan caer al suelo una delicada alfombra de flores malvas. Me interesé por la historia de México y sus costumbres, así como la de los Estados Unidos. Los meses transcurrían en medio de nuestra perpetua angustia y zozobra continua por los peligros mortales que enfrentaban nuestros parientes y correligionarios en Europa.
A fines de 1942, las colonias francesas de África del Norte fueron invadidas por los Aliados. Lloramos de alegría y recuperamos algo de esperanza.
El bienestar regresaba paulatinamente a nuestra casa. Mi padre, totalmente arruinado por la guerra y las primeras derrotas de los Aliados, lograba recuperar una situación acomodada. En diciembre de 1942 nos cambiamos a la casa de Cuautla 136, en la colonia Condesa, hogar de la familia desde entonces. También nos fuimos de vacaciones por dos semanas a Acapulco.
El destino atroz de los judíos de Europa seguía pesando como una capa de plomo sobre nuestros hombros. A diario hablábamos de ellos. Como presidente del Comité Central Israelita de México, don Arturo Wolfowitz había decretado en 1942 el luto general para la Comunidad Judía de México mientras durara la guerra. A fines de 1943 nos ahogó una rabia impotente ante la declaración de Hitler de que para enero de 1944 ya no quedarían sobrevivientes judíos en Europa.


SIONISMO
Mi padre y mi madre, antes tan unidos, iban tomando derroteros distintos. Mi padre, siempre cariñoso, se estaba volviendo muy taciturno y reservado. Sufría profundamente el martirio de los judíos atrapados en las garras de los nazis, sobre todo en Polonia, y de quienes ya no se sabía nada. Ayunaba de dos a tres veces por semana, tal vez con la esperanza de conmover al Todopoderoso respecto al destino abominable y espantoso de nuestros hermanos de Europa.
Las pocas veces que nos acompañaba, me preocupaba ver su rostro demacrado y su mirada perdida en el espacio. Obviamente se encontraba mentalmente en otra parte. Había sufrido una decepción espantosa en Francia, esta tierra tan amada que él había visto como símbolo de libertad y de esperanza para todos los hombres y a quien había entregado toda su fortuna cuando pidió ayuda para su ejército. Ahora se había vuelto sionista, fincando todas sus esperanzas en la creación de un Estado judío, Israel, que sería la redención del martirizado pueblo judío.
Las organizaciones sionistas y de beneficencia absorbían casi todo su tiempo. Dejamos de verlo en casa por las noches. Era secretario y tesorero de múltiples organizaciones sociales que recaudaban todos los fondos posibles para salvar a los judíos. Además, le habían solicitado su participación en el Bet Din para resolver conflictos entre personas de la comunidad. Solía regresar a las dos o tres de la mañana de estas ocupaciones, y entonces pasaba un largo rato en el despacho de la casa, terminando cuentas o redactando textos. Cuando estaba despierta, por insomnio o estudiando para los exámenes, le preparaba una taza de té. Él me ordenaba que me fuera a dormir.
Mi madre, por su parte, era también sumamente activa en las organizaciones femeninas de la Comunidad. Empero, sin oponerse al sionismo, sostenía que era absurdo agrupar a las gentes conforme a su religión. Sus simpatías iban hacia los artistas, sobre todo músicos y pintores, y sus tendencias políticas hacia la izquierda, y el igualitarismo. Llegó incluso a declarar una vez que las joyas eran cosa superflua, lo cual no favorecía a mi padre, que era joyero.
Entre los protegidos de mi señora madre figuraban actores de una tropa francesa encabezada por el célebre Louis Jouvet de la Comedia Francesa. Ese grupo «Les Comédiens de France» llegó a México en verano de 1942, y aquí se quedó hasta disolverse finalmente. Es decir, Louis Jouvet se marchó, dejando a sus elementos al garete. Entre ellos había un actor, el conocido Paul Cambó, y una actriz, Georgina Tisel, cuyo nombre real era Georgina Tikhozenskaya, prima hermana de la eximia actriz francesa Vera Koren, de origen judío ruso.
Georgina era una mujer sensible, muy fina y culta, que tuvo mucha influencia sobre el desarrollo mental y emocional de mi hermana Ariel y el mío, logrando sacarme de mi aislamiento, cosa que le agradezco hasta hoy. Aquí viene al caso una anécdota sobre el Hombre Silencioso.
Al salir de su despacho por la tarde, mi padre venía a merendar a la casa antes de irse a sus juntas de comités. Georgina almorzaba frecuentemente con nosotros y luego se quedaba por la tarde. Una vez me preguntó: «¿Quién es este señor tan discreto que llega aquí todos los días alrededor de las seis, y come solo, sin hablar con nadie? ¿Será algún protegido de su madre?» -«No», le contesté. «Se trata de mi padre, el hombre gracias a quien todos tenemos techo y sustento, incluyendo a mi hermana casada, cuyo esposo sobrevive como prisionero de guerra en Silesia, a mis sobrinos, y a usted». Recuerdo hasta hoy la estupefacción de Georgina.



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