El Hombre Silencioso P I - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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El Hombre Silencioso P I

Condensados

El hombre silencioso
(Primera parte)

Por: Danielle Wolfowitz

Una familia judía después de la Revolución

Llegada al Distrito Federal.
Pasamos varios días en el alegre y acogedor puerto de Veracruz, hospedados en el famoso Hotel Diligencias, cuyas amplias habitaciones nos gustaban mucho. Admiramos la blancura de los edificios nuevos y antiguos en medio de la exuberante vegetación tropical. A la puesta del sol escuchábamos las cautivadoras canciones que tocaba una orquesta en la galería superior de un hermoso edificio frente al hotel. Luego emprendimos el viaje a México.

En lugar de tomar el tren, nos fuimos por carretera. Apenas dejamos atrás las florecientes praderas, los campos de cañas de azúcar y las verdes montañas del Estado de Veracruz, pasamos a zonas polvorientas cuya aridez, habitual en marzo, hizo mella en nuestro ánimo. Transcurridas varias horas entramos a la Ciudad de México por la paupérrima colonia Moctezuma, que acabó de deprimirnos. Finalmente, «aterrizamos» en casa de nuestros tíos, Calle de Saltillo No. 29, muy espaciosa, lujosamente amueblada con sofás y sillones de brocados relucientes de limpieza, muebles de nogal y tapices orientales, y un bonito jardín.
Mi madre, agradablemente sorprendida le dijo a mi tía: «De tener una casa así, yo nunca saldría a la calle». Empero, carecía del encanto de nuestro departamento en París, con sus inmensos balcones, el salón de Aubusson, los escritorios Luis XV de maderas preciosas, comedor español y demás antigüedades que le daban una atmósfera que los muebles modernos no logran. Miré al cuñado de la Nena, el Lic. Raúl Saiman, quien recordaba también su suntuoso piso de París. Las lágrimas se asomaron a nuestros ojos y ambos luchamos para ahogar el llanto.

Esta impresión empeoró al llegar al departamento semi-amueblado donde nos tocaría vivir diez largos meses. Era decoroso y limpio, pero desnudo. Oí que mi padre le decía a mi madre: «Mira, irás a ver a Paco (el conocido anticuario amigo nuestro, dueño de «La Granja») y le comprarás poco a poco los muebles que hacen falta».

ADOLESCENCIA
Como monstruos vomitados por el mar, los pulpos de la angustia inconmensurable y de las dudas más punzantes me estrujaron en sus tentáculos. Nuestra vida, otrora inquieta pero armoniosa, se descuartizaba entre los principios contradictorios de varias castas apartadas entre sí y que lejos de integrar una sociedad, lograban penosamente tolerarse mutuamente, cada una envuelta en un conflicto perpetuo con las demás.
Durante el trayecto de Veracruz a la capital, Ariel y yo, extrañadas al ver caras bronceadas o color caoba, con cabellos tan negros que parecían azules, ojos almendrados y pómulos salientes que recordaban pueblos asiáticos, preguntamos a nuestra Tía María: ¿Quiénes son los indios?, a lo cual ella nos contestó, muy solemne, que «Hoy en México ya no hay indios ni mestizos ni blancos, sólo hay mexicanos».
A medida que transcurrió el tiempo, nos dimos cuenta de que si ésto era cierto en teoría, distaba mucho de serlo en la práctica. Entre la sociedad mexicana y las colonias extranjeras, medía un abismo. La colonia francesa aceptaba con renuencia a los «israelitas». Los judíos desconfiaban de los gentiles. Los españoles divididos regionalmente entre sí, pues no había que confundir a los asturianos con los gallegos, ni a ésos con andaluces o vascos y menos aún con los catalanes, lo eran también políticamente entre republicanos por un lado -con sus grupos antagonistas de anarquistas, comunistas (trotskistas contra stalinistas) y socialistas - franquistas por el otro.
Empero, esos rivales se reconciliaban para criticar a México a quien los unía un idioma aparentemente común, que no lograba salvar el foso de costumbres y tradiciones divergentes. Sin embargo, españoles y mexicanos coincidían para desconfiar de los franceses, ingleses y americanos, de ideas y costumbres tan «absurdas» como la igualdad de las mujeres con los hombres y la posibilidad de que ésas trabajaran fuera del hogar. La colonia libanesa era acogedora, cortés y abierta a las corrientes de varios países, siempre que no intervinieran en las seculares tradiciones libanesas.
La uniformidad de criterio moral que yo había conocido desde mi tierna infancia, se fragmentaba ahora cual caleidoscopio. Los valores alabados en un grupo eran vituperados en otro. Lo que era admirado en Francia, era aquí objeto de sarcasmo o incomprensión. Lo que allá se rechazaba, aquí se aceptaba en forma abierta o disimulada. Reinaba una confusión absoluta entre quienes abominaban de las estructuras sociales entonces vigentes y los que se aferraban a ellas.
Mis principios antes tan firmes y tranquilos de honradez, decencia, inteligencia, afecto, objetivos en la vida, eran atacados constantemente en forma abierta o solapada. Me asaltaban dudas de toda índole. Sin tener a quién recurrir para aclararlas. Mi hermana mayor, antes tan cerca de mí y que fuera como una segunda madre, se absorbía cada vez más, al igual que mi padre y mi madre, en la indispensable labor social, para socorrer a los desvalidos del país, tratar de sacar a los judíos de los campos de concentración y ghetos de la Europa ocupada, y atender a los refugiados políticos que podían llegar a México. No tenían mucho tiempo para los niños.
Después de todo, estábamos a salvo y teníamos comida y escuela. En Europa, niños y adolescentes iguales a nosotros padecían hambre, eran deportados y amenazados de tortura y muerte en todo momento. Había que esforzarse día y noche para arrancarlos de las fauces de la bestia nazi.



A los pocos días de nuestra desconcertante llegada, nos inscribieron en el Liceo Franco Mexicano, de donde nos sacaron dos meses después para enviarnos al Colegio Americano. Con mi acostumbrada precipitación yo había apoyado este cambio, mientras mi hermana menor Ariel, siempre más adaptable, hubiera preferido permanecer en el Liceo. Sin embargo, una vez ingresada a ese plantel, mi hermana se adaptó estupendamente a la nueva institución, mientras que para mí resultó ser un nuevo desarraigo, que pronto se convertiría en trauma.
Lamenté la ausencia de estudios clásicos y el sistema tan distinto de enseñanza durante los tres años que pasé allá. Me entusiasmé por el idioma español, más accesible para mí que el inglés. Con todo, tenía que sufrir sarcasmos al hablar este idioma, además de los que padecía al hablar en inglés. A ellos se sumaban las reflexiones ofensivas provocadas por mi ingrato aspecto físico, desgarrado por la adolescencia incipiente. Mi extrema delgadez, alabada en Francia, era aquí, en la época de admiración por las gordas, objeto de reflexiones hirientes o perturbadoras como las de mi Tía Elena Warman: «Qué rara eres, tienes pies de hombre, manos de hombre y voz de hombre», sin intención, por supuesto, de lastimarme. Pero yo me preguntaba en mis noches de insomnio provocado por el ruido insoportables de las construcciones y demoliciones en la Avenida Insurgentes, si era un ser normal.
Mis padres habían vivido en un México que admiraba y amaba profundamente todo lo europeo. La Revolución mexicana había aventado el péndulo de la admiración al extremo opuesto, exaltando sin discernimiento todos los aspectos de lo autóctono y popular, con oposición a los valores y a la estética de Europa. De país que apreciaba a los extranjeros, México había pasado a un nacionalismo exacerbado. Francia, mi patria tan amada, era objeto de conmiseración cuando no de vituperio y vaticinios de decadencia sin remisión. En contra de todos, yo defendía la tierra que me había visto nacer y donde había pasado una infancia tan feliz.
Se agregaron a mi desgracia los cambios físicos de la adolescencia. Me daba cuenta con pena cada día mayor que estaba creciendo fuera de mi ropa infantil. A mi rededor, las otras muchachas pasaban sin transición de una infancia prolongada y bobalicona a la edad núbil, sin aumentar su estrecha capacidad cerebral. Después de prepararme para un desarrollo intelectual y ético interesante, me encontraba en un no man's land, donde los valores estaban trastocados.
La inteligencia femenina inspiraba temor o repugnancia (si vas a la Universidad, no encontrarás marido) fuera de mi familia. ¿Y para qué adquirir conocimientos? No servirían para nada, ya que lo ideal para una muchacha era casarse bien a los 17 años. El mensaje aparente era que estudiara, pero el subyacente era la admiración por la belleza de Clarita S.... esta niña, cuya gordura hubiera sido motivo de burla en Europa Occidental, que tenía a los trece años una edad mental de siete y estaba desarrollada como una mujer de dieciocho. Recibía collares de perlas y zapatillas de satén en sus cumpleaños como si tuviera treinta, en lugar de los regalos que suelen ofrecerse a las adolescentes. Traté de adaptarme al patrón social vigente. Y mientras hacía «monerías» para verme más «femenina», mi consciencia respingaba contra semejantes payasadas.
En ese entorno tan extraño me aferré a todo lo europeo en general y lo francés en particular, que juzgaba superior a lo que me rodeaba. Me volví muy introvertida. A veces sentía cavilar mi razón y me preguntaba si no iba a perder el juicio.

Continuará...




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