Corrupción Práctica Universal 1 - Intelecto Hebreo

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30/08/2019
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Corrupción Práctica Universal 1

Etapa Electónica 2
Corrupción Práctica Universal 1
 
Por: León Opalìn
 
En la cuarta transformación que liderea el presidente Andrés Manuel López Obrador uno de los puntales de esta,
es la lucha contra la corrupción. En este contexto, cobra actualidad el artículo que elaboré para el
Journal del Council of Postgraduate Studies en agosto del 2002
y que reedito en este espacio editorial.
La corrupción es un fenómeno inaceptable socialmente que se está extendiendo en el mundo globalizado a una velocidad extraordinaria con efectos devastadores en las diferentes economías y en los valores de los individuos, particularmente en los segmentos de la gente joven que con actitudes hedonistas reflejan una preocupante carencia de principios éticos fundamentales en su conducta y en su desempeño productivo, la corrupción se está convirtiendo en un antivalor a través del cual están teniendo acceso al poder y a la riqueza.
 
La corrupción no es una actividad nueva en el entorno económico, tiene antecedentes históricos lejanos, que se remontan a las épocas en que florecieron las culturas del Lejano y Medio Oriente, y quizá antes.
 
La corrupción parece ser una característica innata del ser humano, su significado en latín, romper, implica quebrantar una norma, un código ético y social; más recientemente se ha interpretado como la violación de una norma administrativa, es decir, que a la corrupción se le ubica en el ámbito gubernamental. Sin embargo, la documentación disponible a nivel mundial indica que cada vez más se extiende al universo de los negocios: “dádivas” de proveedores de empresas a compradores para que éstos adquieran los productos de los primeros; pagos a medios de comunicación para que promuevan bondades inexistentes en productos o servicios, entre otros.
 
Hoy día, la corrupción va más allá de las estructuras administrativas del sector público ya que abarca a políticos y empresas, quienes en múltiples ocasiones son manejados por organizaciones criminales que desarrollan actividades de narcotráfico, lavado de dinero, extorsión, tráfico de armas y de personas, prostitución, elusión fiscal, y fraudes, entre otras.
 
La multiplicidad de facetas que presenta la corrupción “la hacen difícil de definir y a veces aún más difícil de reconocerla”.
 
En los albores de un nuevo milenio, la corrupción se ha constituido en una de las principales fuentes de inestabilidad de las naciones y está abriendo espacios a situaciones de violencia e ingobernabilidad en las mismas.
 
Los actos de corrupción, que, por su naturaleza ilegal, transgreden las leyes, están trascendiendo los derechos de propiedad de las personas e ilegitimando a diversas instituciones, de manera que la economía global está viviendo situaciones recurrentes de desconfianza e incertidumbre que inciden en que los mercados no operen con eficiencia y se desalienten los procesos de inversión.
 
Los inversionistas consideran cada vez más a la transparencia empresarial como un criterio básico para definir el destino de sus capitales, evalúan con una visión de costo y riesgo que representa el hacer negocios en determinado país, de acuerdo con su nivel de corrupción o falta de transparencia. Así, múltiples inversionistas evitan colocar sus recursos en naciones y empresas corruptas debido a que les generan costos adicionales y riegos que restringen la generación de utilidades y ponen en peligro sus bienes. Asimismo, los bancos internacionales toman como criterios para otorgar créditos el historial de integridad y las prácticas éticas de las empresas. Incluso ya es frecuente que grupos de consumidores evalúen en sus decisiones de compra la afinidad de las empresas con buenos criterios de integridad, desempeño ambiental, y prácticas laborales, entre otros.
 
Tradicionalmente, el fenómeno de la corrupción fue atribuible a los países en desarrollo, en los que los militares la encabezan; en el presente, ha adquirido una dimensión multinacional y una sofisticación sin precedentes. Existe la idea entre estudiosos del comportamiento humano de que en las economías en desarrollo en las que las relaciones interpersonales son más estrechas, como en la mexicana, las sociedades son más proclives a la corrupción porque existe un compromiso tácito (moral) de la burocracia o de la estructura del poder en diferentes niveles y ámbitos (gobierno, empresas, partidos políticos, milicia, sindicatos e iglesia, entre otros) de otorgar un trato preferencial a las familias y amigos, en sus relaciones personales o de negocios, transgrediendo, si fuera necesario, normas administrativas o pasando por alto principios universales.
 
 
Esta visión de la gestación de la corrupción en las sociedades “afectivas” de las economías en desarrollo no parece ser descabellada; sin embargo, el fenómeno de la corrupción en las “frías” sociedades industriales está alcanzando un nivel que en diversas circunstancias sobrepasa al de las naciones en desarrollo, incluso la corrupción ha cobrado vigor en países con rígidos códigos morales y alto sentido del honor, como en Japón.
 
En las naciones exsocialistas de Europa Central y Oriental y de la extinta Unión Soviética, la corrupción era una realidad cotidiana en su pesada burocracia; en su transición a la economía de mercado, la corrupción ligada a la estructura criminal se ha modernizado y fortalecido, e incluso las “mafias” rusas ya predominan en el territorio de EUA y otros países.
 
En un gran número de países las normas no están claramente definidas o los burócratas están expresamente facultados para interpretarlas. Esto último ha sido el caso de naciones en las que la legislación había dejado la concesión de incentivos tributarios o de los permisos de importación en manos de funcionarios públicos, quienes al gozar de un poder monopólico deciden si una determinada inversión o importación es “indispensable” o “necesariamente” para el país.
 
La multiplicidad de normas, es decir, la regulación excesiva de los procesos administrativos de la economía y de la vida de los ciudadanos crea un marco propicio para el desarrollo de un modus vivendi de la burocracia, el cual distorsiona el buen funcionamiento del aparato administrativo del país, y por lo tanto, de la propia economía.
 
Las prácticas corruptas tienen una significativa repercusión en la distribución de los recursos fiscales y el crédito de los países en detrimento de la eficiencia de la economía. Por lo demás, las corruptelas en la asignación de puestos públicos en diferentes niveles son causa frecuente de “malas decisiones”. La corrupción tiene un “efecto corrosivo, porque la convicción de que todos la practican crea una situación en la que muchos, sino todos, lo harán; como en el caso de la evasión tributaria, el afán de emular puede ser una fuerza muy poderosa”. La “no corrupción” es una cultura que se desarrolla inicialmente en el hogar y en la escuela, y se extiende a todos los ámbitos de la actividad de los individuos; el ejemplo personal es vital en esta concepción.


 
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