Bashevis Singer... - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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Bashevis Singer...

Etapa Electónica 2
 
Bashevis Singer...
 
Premio Nobel y las caras de la sexualidad
 
 
Por: Becky Rubinstein
 
 
¿Quién hubiera imaginado que el hijo y nieto de un rabino, a quien sus padres se dirigían en idish -la lengua de una minoría y en un tiempo considerada un dzargón- sería merecedor de un Premio Nobel y que gracias a dicho premio la lengua idish, la nacida y crecida en una diáspora desesperada y al parecer infinita, obtendría categoría de Patrimonio Universal?
 
Instruido, como todos los niños de su grey en el tradicional jeder donde aprendió las primeras letras, el alef beis, el niño de rojos tirabuzones o peot quien bien podría haber continuado la senda de sus antecesores, se convirtió en una de las figuras señeras no sólo de la Literatura Idish sino también de la Literatura Universal.
 
Hermano del no menos dotado Yehoshúa Singer, autor de Los Hermanos Askenazi su obra vasta y compleja donde se dan cita la Historia, la Filosofía, la Religión -todas con mayúscula- pretende no sólo ahondar en la esencia del hombre, sino también y sobre todo en la existencia del hombre en sus varias caras, en sus varias facetas.
 
Perseguidor de la verdad desde edad temprana, atacaba literalmente hablando a su padre con preguntas difíciles e imposibles de contestar, preguntas que lo persiguieron en el transcurso de su vida y que intentó aclarar mediante su Literatura.
 
Porque a sus ojos, todo era materia de convertirse en tema literario, de ahí que no hubiera tema tabú o imposible de abordar; tema execrable o marginal o falto de interés.
 
Si bien dibujó magistralmente el ayer y el hoy de su pueblo, deseoso de transitar por derroteros no transitados por sus homólogos judíos, de universalizar y modernizar su pluma, se atrevió a abordar temas candentes como el sexo. Por supuesto que sin desligarse de su tradición, de sus raíces que le proporcionaron una perspectiva, un marco a su pensamiento.
 
Temas no tan escandalosos como el enfrentamiento entre los sexos, la infidelidad se toman de la mano con temas que, incluso hoy día, resultan álgidos como el hermafroditismo y el lesbianismo.
 
 
En A fentsterl in toyer -Una mirilla en el portón- aparece un cínico varón, de esos que corren tras cualquier falda, quien enamorado de su Eva del alma, a quien desea convertir en esposa y madre de sus hijos, la desdeña por casquivana sin mirar quién habla. Y de ahí una sarta de aventuras y desventuras y sobre todo de desilusiones alrededor del sexo opuesto. De dicha Eva pecadora afirma: «Conocí a una muchacha de la calle Gnoine de nombre Evita -claramente como la Eva que le dio la manzana al Adán primordial y por la cual debemos morir.» (234)
 
Eso es lo tradicional, lo ínter textual tomado de las páginas de la Biblia. Lo novedoso y piedra de escándalo está en otros pasajes.
 
Los que mencionan las costumbres de los jóvenes solteros, algo en verdad inusitado. “En aquellos tiempos el novio y la novia hacían lo que hoy día. Una joven debía permanecer virgen hasta el matrimonio. Pero nosotros nos besábamos que hasta chispas salían. Nos prometíamos el platoncito del cielo» (235)
 
Y más adelante, agrega: «Y cuando me convertí en su prometido, dejé de frecuentar a las muchachas.» (235) Y la conclusión del autor: tanto los judíos como los no judíos «están hechos de la misma harina.» (253) Diríamos de la misma madera. (253), propuesta en verdad revolucionaria aquella de igualar a circuncisos e incircuncisos frente al pecado de la carne.
 
Y una faceta más, la exploración de la moral de la propia madre: Afirma el protagonista: «Cuando mi padre tenía que viajar a Zdijlin o a Lodz, no tenía que preocuparse de que un cualquiera se besara con su esposa. Podía ausentarse por seis años en América y mi mamá no le daría motivos de infidelidad.» (250)
 
En Der Shpigl, traducido como El espejo (1) encontramos una «mala mujer», émula no sólo de Eva, sino una Lilit cualquiera: una hipotética modesta hija de Israel, seducida por uno de tantos demonios que anticipan su caída, de ahí que tenga preparado su castigo de acuerdo a la mitología demonológica judía procedente de la Cábala: «Todo está previsto: la montaña de nieve y la pila de carbón, el garfio para su lengua y los ganchos para sus pechos, las ratas que carcomen la carne y la lombriz que chupa la bilis.» (5)
 
Andrógino, es una historia aparte: el novio tras el encuentro en el lecho nupcial, exclama: «Ella no es una mujer». En efecto, la supuesta doncella es un ser nefando, un hermafrodita.» Y como de aquella masa, ningún bollo podía esperarse» (188) se dictamina un inminente divorcio.
 
Para Singer y para la tradición judía al parecer el tema del hermafroditismo no es cosa nueva: está en los libros, en Isaías, Rab Henej Aleksandrever era uno de ellos, lo que no impidió que se lo catalogara como todo un santo, como todo un sabio: «El cuerpo es el cuerpo y el alma es el alma» (188) parece decimos la Ley judía en palabras de Singer quien luego agrega: «Alguna vez escudriñé el asunto en los libros y pareciera ser que un andrógino puede elegir por motu propio su sexo: masculino o femenino. Si desea ser mujer, está libre de las Ordenanzas de hacer. Y si opta por ser varón, debe responsabilizarse de las 613 ordenanzas.» (190) Y la lección al respecto prosigue:
 
«No recuerdo si lo hallé en la segunda parte del Yoré Deá, en Maimónides o en una pregunta y su responsa. Parece que no todos los andróginos son iguales. En algunos impera lo masculino y en otros, lo femenino. Según los libros de la Cábala el humano es dual por naturaleza. En Jruvieshov había una judía, Genedele Shmuel Elis, a quien le crecía la barba. Le empezó a crecer cuando era una jovencita en edad de merecer y con el fin de que no le afectara al matrimonio, el rabino del lugar le permitió que se rasurara. La prohibición «de no tocar la barba con una cuchilla» no se aplica a las varonas. En su vejez le creció una luenga barba blanca que jamás rasuró ni cortó. Llamaba a su barba, mi joya.» (190)
 
Bashevis, inmerso en saber cabalístico, trae a colación dicho saber, quizá para muchos heterodoxo. El emparejamiento -afirma uno de sus personajes- es espiritual, no material. El cuerpo es tan sólo un ropaje. Cuando se llama a Fulana de Fulana aún no existe ningún cuerpo en el vientre materno... ¿Y qué de los matrimonios concertados en el cielo? Los libros de la Cábala están llenos de parejas rostro contra rostro, trasero contra trasero. Es todo Secreto de Secretos.» (191)
 
Tzaitl y Rikl, cuento de la misma antología, se ocupa de un tema por llamarlo escabroso y de tintes modernos. Anais Nin en sus diarios ya se ocupó de ellos. Más allá de las habladurías de pueblo, están los pormenores: «Naftali, el vigía nocturno vio cómo Rikl y Tzaitl se besaban en la boca. Allá en el aserradero, cerca de los pedregales, se entregaron al besuqueo como una parejita. Tzaitl la llamaba palomita y la otra, a ella, gatita» (93)
 
¿Cómo puede suceder tal cosa si incluso en tiempos del Diluvio las bestias se emparejaban con el sexo contrario? -se pregunta Neftali. Tazitl y Rikl, antes de la inminente tragedia -un suicidio tras otro- sueñan en casarse, si no en la tierra, sí en el cielo.» En el cielo -afirma-Tzaitl no existe diferencia entre un hombre y una mujer.» (95)
 
Escenas de tortura y castigo vienen a las mentes de la pareja de amantes, quienes no cejan de preguntar sobre el mundo venidero: ¿qué tanto tarda en descomponerse un cuerpo? ¿cuántos infiernos existen? ¿quién castiga? ¿quién golpea? ¿con qué utensilios? ¿de fierro? ¿de cobre?... (97)
 
Tras el suicidio de una, la otra se niega a vagabundear por «un valle de lágrimas», de ahí que busque y encuentre la muerte. ¿Qué les espera a este par de amantes desastrado? Al parecer, el vagabundeo eterno. Almas en pena, así las vieron, se besan, ríen, lloran. No lograr despegarse de lo terrenal y ni siquiera lo saben (100). Tan sólo el fuego logró purificar.
 
Bibliografía
 
Bashevis-Singer, Itsjak, Der Shpigl und andere dertzeilunguen, (El espejo y otras Historias), Israel, Universidad Hebrea de Jerusalem, 1975.
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